Toda mi vida he buscado aplausos, como si cada paso que daba necesitara una ovación de pie. Me partí el alma intentando gustarle al mundo, pero el único escenario donde importaba mi actuación era el que tenía dentro de mi cabeza.
Hoy, después de tanto, he bajado el telón, me he mirado al espejo y he hecho las paces con todos mis yo: el inseguro, el que buscaba amor en los lugares equivocados, el que se castigaba por no ser perfecto. Los he alineado frente a mí, uno por uno, y en lugar de reproches, les he dado un abrazo.
No había nada que perdonar, salvo el no haberme dicho antes lo único que siempre necesité escuchar: "Eres suficiente, cabrón. Y siempre lo fuiste..."

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