Y A TI: ¿QUÉ TE DEFINE?
A
ratos echo a volar la imaginación para fantasear sobre personajes que para su
época fueron unos adelantados. Hago historias suponiendo qué habría escrito
Julio Verne frente a las realidades que, para todos nosotros, habitantes del
tercer milenio, son elementos cotidianos que por su continua presencia tendemos
a ignorar. Digamos, los viajes al espacio o la manipulación genética. O qué
habría opinado Einstein frente a los modernos experimentos de tiempo y energía.
O cómo habría reaccionado el médico Bernard Rieux, personaje central de la
novela “La peste” de Albert Camus, ante la rápida propagación de enfermedades
transmisibles que han asolado al mundo entero en estos últimos lustros, como es
el caso del VIH, del SARS y del COVID.
Una
realidad incontrovertible es que nos hallamos en medio de un universo
cibernético interminable, que genera segundo a segundo nuevos contenidos que
invaden nuestro espacio personal, y hasta llegan a querer asfixiarnos. En el
2003 David Rothkopf, investigador
norteamericano, acertadamente acuñó la palabra “infodemia”, para definir el
fenómeno de transmisión virtual de información que se distribuye de manera
masiva y acelerada. Este patrón a la fecha se ha difundido y multiplicado de
diversas maneras para actuar como una nube de tormenta que amenaza destruirnos.
Los habitantes del planeta tierra del siglo 21 tenemos varias tareas
que otras generaciones ni acaso imaginaron. Una de ellas es elegir nuestras
batallas, como diría el refrán popular, esto es, del mundo de información que
tenemos a un clic de distancia, elegir a cuál accedemos y cuál simplemente
ignoramos. Los temas son incontables,
hay “de chile, de dulce y de manteca”. Nos podemos inclinar por noticias sobre asuntos
internacionales, deportes, espectáculos, finanzas, conflictos interpersonales
de las grandes figuras, o de los vecinos de al lado. Escoger entre literatura
universal o de aeropuerto; revistas serias o de comentarios vanos.
Publicaciones alarmistas como las que dicen que el mundo se acabará pasado
mañana a las 5 de la tarde, o narraciones de color de rosa. Hay infinidad de
contenidos sobre los cuales decidir. Y de igual manera sucede con otros
aspectos de nuestra vida:
Podemos rodearnos de personas con gustos similares para pasar un buen
rato. Igual hacerlo con aquellos que saben más que nosotros, en un afán de
aprender, o con quienes menos conocen, para desarrollar una satisfactoria labor
de transmisión de conocimientos.
Los temas a tratar pueden ser, desde trivialidades con las cuales
ocupar nuestras tardes, acompañados de una buena taza de café, departiendo
entre nosotros, enriqueciendo nuestras respectivas posiciones en la vida, o
“echando chisme” nada más. O bien, podemos profundizar en reflexiones
existenciales acerca de la evolución, la muerte o el más allá. O bien, comentar
respecto a otros valores que son de gran trascendencia para el ser humano por
su paso por esta vida.
Con un buen amigo se pueden emprender juegos de mesa, mientras nos
divertimos, competimos y nos conocemos como adversarios. O hay la posibilidad
de visitar algún atractivo natural y gozar de esa contemplación hombro con
hombro, al tiempo que el entorno hace despliegue de su grandeza frente a
nuestros ojos. Podemos escuchar música o
crearla, compartir alguna lectura o deshilvanar recuerdos del pasado.
En estos tiempos de tanta prisa, que nos lleva a la angustia y hasta a
generar reacciones iracundas, siempre es sano revisar qué nos define como seres
humanos: Qué pensamientos predominan en nuestro interior; qué tipo de
reacciones nos mueven, y hasta dónde razonamos nuestra forma de actuar. Es
fundamental identificar los contenidos que nos llaman, así como lo que estos
generan en nuestro espíritu. ¿Nos tranquilizan o nos aceleran más? ¿Nos llevan
a la introspección o al escape? Revisar qué personas nos rodean y qué provoca
su presencia en nosotros. Medir hasta dónde es positiva su influencia, o si hay
elementos que nos mantienen a su lado a pesar del daño que nos provocan.
En estos tiempos de saturación sensorial es más fácil fugarse que
enfrentar. Nos atemoriza profundamente el silencio, esa ocasión cuando, en
ausencia de ruidos del exterior, hemos de confrontar lo propio. Tal vez por
ello optamos por mantener los sentidos sumergidos en elementos del exterior, pegados
a la pantalla, para acallar continuamente esos silencios que tanto miedo dan. Algo
similar ocurre con la lectura, plena de contenidos que nos mueven a la
reflexión personal, a revisar lo que somos y poseemos, frente a lo que más nos
conviene como viajeros en el tiempo: Le tememos y le rehuimos.
Es una buena ocasión para detenernos frente al espejo, así, cada uno en
total intimidad, ante la gran pregunta: Y a ti, ¿qué te define?
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