domingo, 9 de agosto de 2026

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Cinema en Hecelchakán

En el corazón de la sabana, ahí donde el Camino Real se detiene a descansar bajo la sombra de la Plaza Noh Beh, el cine no fue solo un edificio; fue el sueño colectivo de un pueblo que aprendió a mirar el mundo a través de un haz de luz.

Antes de que los muros de concreto se alzaran frente al parque, la magia ya habitaba en el exconvento.

En la Normal Rural, el cine llegó con aroma a tiza y esperanza.
Eran los años treinta del siglo pasado, y bajo la mirada de los maestros rurales, el proyector de 16mm se convertía en un faro pedagógico.

Aquellas primeras imágenes en blanco y negro, que hablaban de higiene y de surcos, eran el preludio de algo más grande: el arte de la cinematografía.

Cuando el cine comercial finalmente se estableció, en Hecelchakán encontró su refugio.

El edificio se levantó desafiante viendo de frente a la iglesia, como si la fe y la fantasía hubieran decidido ser vecinas para siempre.

Ir al cine era un ritual que comenzaba mucho antes de que se apagara la luz.
Unos días antes de la función, era todo un espectáculo ver a Nan Caballito manejar con maestría el pincel que daría vida al anuncio publicitario.

El día de la función, se escuchaba el sonido de los rollos de película llegando en el tren, el traqueteo de los estuches de metal traían consigo el eco de la Ciudad de México.

El domingo, después de la misa, el pueblo mudaba de piel. Incluso los estudiantes de la Normal, con la nostalgia de sus hogares a cuestas, se juntaban con las familias locales en la fila de la luneta.

Allí, bajo el techo altísimo que amplificaba los suspiros, el tiempo se detenía.

El cácaro, oculto en su cabina, encendía el arco de carbón y el milagro ocurría.

El aire se llenaba del olor a palomitas, pepitas y cacahuates, mientras en la pantalla, las sombras de Pedro Infante o Cantinflas daban sentido a nuestras propias alegrías y penas.

Era frecuente que a mitad de la cinta, llegaba el intermedio forzado. Los gritos al unisóno de los espectadores no se hacían esperar. —¡Cácaro¡— gritaban, acompañado de palabras malsonantes. Cuando la película reanudaba, lo hacía de golpe y de inmediato regresábamos a la atención.

Otros, aprovechaban el momento para salir a la plaza, de sentir el fresco de la noche y comprar un dulce regional a las puertas de la entrada principal. Aún saboreo las delicias curtidas en el paladar de la memoria.

Habiá funciones de "segunda corrida", con cintas rayadas por el uso, donde la "lluvia" de la imagen parecía recordarnos que la perfección no era necesaria para la belleza.

Si la cinta se rompía, el abucheo no era un reclamo, sino un acto de amor herido, una molestia que se volvió rutina y parte de nuestra historia.

Hoy, el cine de Hecelchakán vive en una dimensión distinta.

El progreso, con su paso indiferente, trajo pantallas más pequeñas y silencios más largos.

Quien camina hoy por la Plaza Noh Beh y cierra los ojos, aún puede escuchar el tableteo del proyector compitiendo con el canto de los pájaros.

El cine en Hecelchakán fue la ventana que nos permitió ser otros sin dejar de ser nosotros mismos.

Fue el lugar donde el hijo del campesino y el futuro maestro compartieron la misma lágrima.

No eran solo películas; era la confirmación de que, en este rincón del mundo, también teníamos derecho a la eternidad, aunque solo durara dos horas la función.

En los archivos del recuerdo de Hecelchakán, el proyector sigue encendido, esperando a que alguien, con la memoria clara, decida volver a sentarse en la oscuridad para ver pasar la historia una vez más.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario