Caminar junto a tu ausencia
El sábado 21 de enero de 2023, Carmen, mi madre, terminó en el hospital. Todo empezó con un cansancio que fue creciendo poco a poco, como si el cuerpo le dijera que ya no daba más. El asunto se complicó después de una caída tonta que le dejó una fractura vertebral. Fue como si la vida le pegara un cachetazo de esos que no te esperás.
Verla ingresar me dejó de una pieza, hecho polvo, pero con una chispa de esperanza. Confiaba en que la ciencia haría su magia y que volveríamos a sentarnos juntos a disfrutar de esas puestas de sol que tanto nos gustan.
Pero la muerte, siempre caprichosa, tenía otros planes. No importaba cuánto tratáramos de espantarla, se acercaba implacable, montada en su corcel negro, como un presagio sombrío que anunciaba lo inevitable.
Dos días después de su ingreso, la situación se tornó sombría. Yo lo sabía en lo más profundo de mi ser, porque soy médico y entendía con amarga claridad que no había retorno. Mientras el resto de la familia seguía aferrándose a la ilusión de llevarla de vuelta a casa, yo, al pie de su cama, por primera vez en mi vida, maldije mi profesión. Esa ciencia fría y racional me despojaba de lo que a los demás les sobraba: esperanza.
Me sentía atrapado entre el conocimiento y el deseo de ignorarlo, deseando, aunque fuera solo por un instante, no entender lo que pasaba frente a mis ojos.
El 26 de enero de 2023, la fibrosis pulmonar había invadido por completo sus pulmones, como una sombra que no se puede detener. Los dispositivos de oxigenación no invasiva ya no lograban mantener los niveles básicos para sostener su vida. Entonces, se presentó ante mí la desgarradora decisión de ponerla en ventilación mecánica. Sabía que eso marcaría el principio del fin, el último recurso en una batalla que parecía perdida. Con el corazón roto y la mente dividida entre la lógica médica y el amor filial, enfrenté la agonizante realidad de que estaba a punto de despedirme de mi madre.
Ese día, después de debatir la decisión con un nudo en la garganta, me acerqué a su cama. Tomé su mano entre las mías y le dije que la amaba. No sé si pudo leer en mis ojos o adivinar en mi tono de voz que intentaba despedirme. Con la respiración entrecortada, llevó su mano derecha a los labios y me lanzó un beso, despidiéndose con una sonrisa hermosa que iluminó todo el cuarto. En ese instante, no sé si fue mi imaginación, pero la vi en paz. Su respiración parecía normal, como si la enfermedad hubiese decidido darle un respiro. Por un momento, todo el dolor y la angustia se desvanecieron, y vi a mi madre como siempre había sido: fuerte, serena y llena de amor.
El sábado 28 de enero de 2023, el corazón de Carmen Griselda se detuvo... y el mío se rompió en pedazos .
Desde su partida, he intentado desesperadamente recoger los fragmentos, pero siempre falta una pieza irremplazable, cada día mientras intento recomponerme, la realidad me sacude y sé que nunca volveré a ser completo; Entonces recuerdo aquella sonrisa y la sensación de paz infinita en aquella sala de hospital que me da la fuerza y el coraje para seguir caminando en este mundo a pesar de su ausencia...
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