LECTURA: NUESTRA PIEDRA FILOSOFAL
En
mis exploraciones acerca del libro y la lectura que imagino como la moderna
piedra filosofal que desde el Medioevo generó grandes investigaciones, tanto en
Asia como en Europa, hallé esto que me resultó maravilloso. Aquel elixir de la
vida que prometía iluminación y vida eterna hoy se sitúa en otros planos al
alcance de nuestras manos, pero que tantas veces, afectados por la ceguera de
la costumbre, omitimos ver. El “Ánima mundi” de tiempos pasados hoy se insinúa
de muy distintas maneras a nuestros sentidos, y una de ellas es la lectura.
“En
esta vida soy lo que pienso”: una de las conclusiones a la que llegan los
trabajos de la filósofa francesa Françoise Béchet, fundadora de
una escuela de filosofía denominada Nouvelle Acropole. Ella recorre los libros
que nos dejaron los sabios de la Grecia Antigua para invitarnos a entender la
lectura como un ejercicio espiritual. Al margen de la religiosidad, como un
trabajo de introspección personal a partir de vivir el momento presente.
Seguramente influenciada por la filosofía oriental, ella propone que, partiendo
de la realidad ineluctable de que todos vamos a morir, emprendamos a partir de
ese punto una revisión de nuestro proceder en esta vida, y qué tanto este nos
acerca a alcanzar, en su momento, el compendio de una vida que se vivió con
virtud.
Béchet plantea que la lectura de
textos impresos constituye un extraordinario medio para lograr esa
concentración requerida, como se podría hacer también mediante la meditación
trascendental. Contribuye a la creación de un mundo interior propio, a partir
del cual se consigue percibir todo lo que nos rodea de un modo más incluyente.
Lo interesante en muchos
sentidos es lo siguiente: La filósofa considera que la lectura en papel estimula
la imaginación de un modo único. Nos permite recrear en nuestra mente de modo
muy subjetivo aquello que estamos leyendo. Contrario a ello, el cine o la
televisión proporcionan al público creaciones propias de los autores fílmicos.
No permiten a cada espectador echar a volar la imaginación propia para hacer
realmente suyos los entrañables personajes que se presentan. Ya están hechos y
hay poco qué agregar.
Algo así parece suceder con el
estreno de “Odisea” de Christopher Nolan. Ofrece la interpretación que él y su
equipo creador han hecho de un poema muy antiguo atribuido a Homero. La
producción nos dice “esto ocurrió así”, o “tal personaje hizo aquello”. Y tal
vez, una gran mayoría del público de por sentado que de esta manera se escribió
la obra literaria original.
De lo anterior deriva otro
concepto que me pareció de enorme valor: La diferencia de percepción entre una
persona que adquiere sus conocimientos a través de medios electrónicos, contra
una persona que lo hace mediante la lectura de libros físicos es muy diferente;
lo que cada una asimila es de temporalidad muy distinta. A todos nos sucede,
estamos revisando información en pantalla y la retención de lo que leemos suele
ser fugaz. No hay tanto tiempo para analizar, porque ya nos está esperando la
siguiente noticia. Por su parte el libro impreso nos ofrece la oportunidad de
leer, releer, asimilar y ponderar lo leído.
Dentro de la lectura en papel,
quizá leer un periódico no permite poner la suficiente distancia para ver una
noticia con más objetividad. En cambio, un libro sí nos concede esa maravillosa
oportunidad de incorporar lo que leemos a nuestro propio mundo interior. Y aquí
viene lo que me pareció más serio de los planteamientos que la filósofa hace: La
adquisición de información que no permite la creación de un mundo interior
propio, facilita que la mente vaya siendo colonizada por ideas ajenas, lo que
puede llevar a la masificación y al totalitarismo. Al no haber un mundo propio
a partir del cual marcar distancia con lo que percibimos, podemos resultar
envueltos por ideas ajenas que, en un momento dado, llegan a manipularnos.
Nuestro mundo requiere de
hombres y mujeres dispuestos a establecer el compromiso de formarse a
profundidad. Cumplir con informarse a pinceladas, tantas veces dichas a modo,
está muy lejos de proporcionar los elementos necesarios para forjar un criterio
propio capaz de sostenerse ante cualquier elemento contrario. Se necesitan
corazones inteligentes, generosos y bien dispuestos. Como expresa el escritor
haitiano-canadiense Dan Laferrière,
citado por la propia Béchet, la diferencia entre el libro electrónico y el
impreso, es que en el primer caso la luz viene del dispositivo detrás de la
pantalla, mientras que para el libro impreso la luz viene del propio espíritu
lector, que ilumina la página.
Concluimos
diciendo que nuestro mundo requiere de lectores que iluminen dentro y fuera de
la página leída, para construir el mejor mundo para todos.
