domingo, 7 de junio de 2026

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

La gasolinera de don Sixto

Tenía diez años y el mundo, a esa edad, se limita a las rutinas que nos dan seguridad.
En mi pueblo, una de esas constantes era la gasolinera de don Sixto.
No era una estación de servicio moderna; era un rincón de alquimia y trabajo donde el olor a combustible se mezclaba con el polvo del camino.
 
Don Sixto, hombre de mirada precisa, despachaba con la misma nobleza con la que un lechero servía su producto: medidas exactas de metal, litros que no dejaban lugar a la duda, gasolina y "gas morado", era el pulso energético de nuestra cotidianidad.

Mi casa estaba a solo cincuenta metros, una distancia que, en mi memoria, se sentía como un hilo invisible que me hacía testigo de la vida mercantil de don Sixto.

Una tarde, mientras la televisión nos regalaba la calma de un programa favorito, la realidad se fracturó. El aire, de pronto, se llenó de un griterío desgarrador, una estridencia de miedo puro que nos sacó de la hipnosis de la pantalla.
 
Al salir, el cielo, parcialmente, se había oscurecido y la tierra parecía vibrar.
 
Las llamas, feroces y hambrientas, brotaban por la puerta de la gasolinera como una lengua de fuego indomable.

Mi primer impulso, cargado de esa curiosidad temeraria que solo se posee en la infancia, fue correr hacia el centro del caos.
 
Pero una mano firme, pesada por la experiencia, me sujetó por los hombros. "No se acerquen, esto va a explotar", sentenció una voz quebrada por el pánico.

Me quedé paralizado. A mis diez años, la palabra "explotar" no era un concepto físico, era el fin del mundo.
Mientras miraba, mi mente proyectaba el radio de la tragedia: ¿Llegará hasta aquí? ¿Estamos a salvo? Eran presagios de un niño ante lo inevitable.

El espectáculo era dantesco. Don Sixto estaba allí, una silueta empequeñecida contra el infierno que devoraba su vida.
 
Intentaba, con una desesperación que aún hoy me pone un nudo en la garganta, mover aquellos pesados tambores.
Era su patrimonio, sus años, su historia, intentando ser salvados de la incineración.
De pronto, la humanidad se manifestó de la forma más pura: varios hombres, movidos por una valentía que desafiaba toda lógica de autoconservación, se sumaron a la lucha.

Entraban al fuego empapados de agua y salían con ropas humeantes, intentando rescatar los barriles.
 
El calor era un enemigo implacable; los tambos ya comenzaban a deformarse, hinchándose como bestias metálicas a punto de reventar bajo la presión interna.
La explosión parecía un destino escrito en el aire.

Entonces, alguien gritó una sentencia de muerte o salvación: "¡No podemos sacarlos! ¡Vamos a retirar los tapones para liberar la presión!".

Lo que siguió fue un acto de entrega absoluta.
 
Uno a uno, hombres con la ropa chorreando agua —que se evaporaba apenas tocaban el umbral del infierno— se lanzaron hacia los tambos.
Con dedos temblorosos y quemados, lucharon contra las roscas calientes. Yo, desde mi atalaya de miedo, contuve el aliento.
Cada vuelta de tuerca era un segundo ganado a la muerte.

Finalmente no hubo explosión.
 
Fue un milagro tejido con nervios y coraje.
Los tambores quedaron ahí, deformados, inflados como pulmones metálicos que habían logrado exhalar su propia perdición.

Hoy, la gasolinera de don Sixto es solo un recuerdo, una estructura extinta. Pero si uno se acerca lo suficiente a las antiguas puertas, todavía se pueden ver las cicatrices de carbón.
 
Esas marcas son algo más que huellas de un incendio; son el testimonio mudo de una tarde en la que mi pueblo aprendió que, cuando el peligro nos alcanza, la verdadera fuerza no está en los bienes que poseemos, sino en la capacidad de cruzar el fuego por el vecino.
 
A veces, la historia se escribe no solo con lo que se destruye, sino con aquello que, ante la inminencia del final, decidimos rescatar.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

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