META EN COMÚN
Sin
lugar a duda uno de los mayores problemas de nuestros tiempos es la soledad. La
expansión urbana y la inseguridad nos han llevado a frenar la movilidad dentro
de las poblaciones. Los tiempos en que niños y jóvenes podían permanecer fuera
de casa sin riesgo alguno son cosa del pasado. Todo ello nos conduce a un
aislamiento físico, que se salva únicamente por las relaciones que podemos
establecer en los centros escolares o laborales, pero nada más. Por supuesto
que dos instituciones cobran especial relevancia: la familia y la iglesia,
tanto una como otra consiguen amalgamar las necesidades y los intereses de sus
miembros, pero no siempre es suficiente para el espíritu.
Lo
anterior nos ha llevado a construir otro tipo de espacios en los que podamos
convivir e intercambiar lo propio. Tendremos fiestas ocasionales que cubran en
parte esa necesidad, pero sigue habiendo huecos que no encontramos cómo llenar,
lo que lleva a idear otras alternativas.
Un
punto clave en el desarrollo de empatía es lo que se denomina “otredad”,
término que he abordado por aquí en un par de ocasiones. Es la actitud de
identidad con los demás que nos permite, entre otras cosas, crear lazos
permanentes en la sociedad. A diferencia de la tolerancia, que implica que yo
sostengo mi forma de ser y estoy dispuesto a convivir con cómo es el otro, la
otredad es meterme en la piel de una persona para interpretar las cosas del
modo como lo hace. Un método excelente para el desarrollo de este concepto es
la lectura, muy en particular de obras de ficción, a partir de cuyos personajes
podemos entrar en la piel de quienes piensan o actúan muy distinto a como
nosotros lo hacemos, para zambullirnos en su mundo, sus expectativas y
limitaciones, hasta poder compenetrarnos. La lectura en solitario llega a ser
adictiva, sin embargo, para muchos no es la mejor opción. Buscar un grupo con
el cual hacernos acompañar en nuestras lecturas, es una propuesta refrescante,
que deja grandes enseñanzas.
En
Piedras Negras existen varios clubes de lectura que funcionan desde tiempo
atrás. Alguno de ellos asociado a un movimiento de la iglesia católica; otros
independientes. La dinámica suele ser similar: reunirse periódicamente, marcar
un libro para leer en el período entre reuniones, y en su momento comentarlo
entre todos. Pensé en armar un grupo de lectura con un giro distinto en varios
aspectos: no tendríamos que leer una misma obra; privilegiaríamos la lectura del
libro impreso sobre el electrónico, evitando sin embargo el gasto de comprar un
libro, cuyo costo en no pocas ocasiones rebasa el monto correspondiente al
salario mínimo diario de esta región del país. Entonces, para evitar hacer el
gasto de comprar un libro, creamos un fondo revolvente a partir de donaciones. Los participantes pueden llevar a casa un
libro para leerlo y regresarlo más delante. La idea original prendió, y el
fondo revolvente ha ido creciendo con aportaciones de varios miembros que
facilitan libros de su propiedad para disfrute de sus compañeros. Así nació
“Tercer Espacio”.
Para
nuestras reuniones mensuales se anotan quienes desean participar comentando un
libro a partir de un formato en el cual se destaca la información del autor,
nombre de la obra, contenidos, reflexiones, vocabulario nuevo y recomendaciones
para futuras lecturas. Esos formatos se van integrando a una biblioteca virtual
de acceso público.
En
la semana que concluye realizamos nuestra cuarta sesión mensual. El grupo ya
comienza a sentirse sólido, muy participativo, con sugerencias de gran utilidad
para ir integrando a nuestras tareas.
La
reflexión última con la que me quedo hoy es la de que una forma de combatir la
soledad es integrándonos a un grupo que tenga intereses similares a los
propios. Establecer metas en común e ir cumpliéndolas dota al grupo de cohesión
y da un sentido de identidad. Nos regala
a cada miembro una forma de evitar la soledad; por el contrario, trabajamos en
conjunto a favor de propósitos que van más allá del interés personal, y que nos
permiten trascender.
Me
inquieta la abundancia de jóvenes con la mirada fija en una pantalla electrónica.
Metidos en una cápsula que les aísla del entorno, de la que no parecen estar
dispuestos a salir. Como si ahí encontraran una forma de elegir los contenidos
que impactan sus sentidos, muy al contrario de la realidad “real” con sus altibajos,
y lo que implica comunicarnos con alguien que piensa, siente y actúa en una
sintonía distinta a la nuestra, y con la que no siempre nos ponemos de acuerdo.
Ello puede generar conflicto, y tal vez hasta violencia.
Un
grupo con intereses afines y una tarea común es una excelente manera de
convivir, construir y trascender, y no se diga de divertirnos juntos y pasar
una tarde inolvidable.
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