A mis hijos
Cuando aún era tu héroe, más allá del título de padre, el mundo se desplegaba como un paraíso sencillo, hecho de risas compartidas y promesas eternas. Tus ojos, entonces inocentes, veían en mí al titán que sostenía el cielo, al mago capaz de conjurar maravillas de lo cotidiano. Vivías en mis historias, en mis cuentos de fantasía, y yo era el guardián de tus sueños.
Pero un día, casi sin darme cuenta, tus alas comenzaron a desplegarse. Las historias que te contaba ya no bastaron; quisiste las tuyas, tejidas con hilos de realidad. Y así, lentamente, me vi relegado de tu universo, desplazado por nuevas estrellas que iluminaron tu firmamento. No fue un abandono, no, sino el curso natural de la vida: una tormenta suave que me apartó del centro para dejarte crecer.
Hoy, desde este rincón donde te observo en silencio, solo espero que, cuando mi sombra se disuelva en el tiempo, quede en tu corazón una chispa de lo que fuimos. Un eco de nuestras risas, un destello de nuestras aventuras. Espero que, cuando el peso del mundo se vuelva demasiado, busques en tu memoria y encuentres un rincón donde mi abrazo aún te cobije, donde el amor que jamás dejó de arder pueda calentar tus días fríos.
Porque, aunque tal vez no lo comprendas aún, viví cada día pensando en ti. Cada latido, cada decisión, cada esfuerzo, tuvo tu nombre escrito en su raíz. Fui tu héroe, sí, pero tú siempre fuiste y serás el mío...
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