domingo, 27 de septiembre de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 EN EL BORDE DEL MUNDO

Expresa el maestro Enrique Vila-Matas una gran verdad cuando afirma que la literatura permite rescatar del olvido todo eso sobre lo que la mirada contemporánea, cada día más inmoral, pretende deslizarse con la más absoluta indiferencia.

Es muy acertado al calificar a la mirada de inmoral e indiferente, que es lo que la abundancia de contenidos digitales va provocando en nosotros, navegantes de la red. Pasamos del asombro al enojo o la rabia, para más delante ir cayendo en la indiferencia, pudiendo llegar hasta el cinismo.

¿Procurar libros o contenidos digitales? Disertaciones de la imaginación de narradores que nos llevan de su pluma a conocer otros mundos, o cátedras impartidas por quien considera que pararse frente a la pantalla y hablar, le otorga sobrada autoridad como experto en un tema dado… La pantalla nos ofrece inmediatez, al contrario del libro, frente al cual tenemos que echar a andar un proceso de comprensión lectora y de síntesis. Pero lo que tiene de inmediatez lo puede tener de imprecisión y de temprano olvido. Tal vez en treinta minutos no podamos recordar lo que leímos.

¿Libros en físico o en pantalla? Como dice algún autor acertadamente, en el acto de leer ocupamos todos nuestros sentidos, para sumergirnos en la historia, atender a su narrador y emitir nuestros propios pensamientos que interactúan con la página cuyas líneas recorremos.

Uno de los mayores desafíos de nosotros, como seres humanos del tercer milenio, es imponer la belleza por encima de la fealdad; la bondad por encima de la malevolencia; la esperanza por encima del hondo desaliento.

Todo alrededor nos convoca a encontrar un mundo lleno de violencia, en el que los valores humanos fundamentales se fragmentan bajo el peso de la codicia y el afán de poder. Ya ni siquiera la figura sagrada de un niño encuentra respeto. Vivimos una guerra de conciencias donde, a ratos, los demonios parecen llevar la de ganar.

Frente a un escenario tal, se requiere un ejercicio de voluntad para saber hallar en nuestro entorno elementos esperanzadores para seguir viviendo, para hacerlo con entusiasmo, colocando delante de nosotros los más elevados ideales, hacia los cuales emprender la carrera vital.

En esta era de infodemia el paisaje emocional que nos dibujan las redes sociales no es el mejor. Frente a una noticia terrible sentimos ansiedad, tristeza y hasta rabia. En particular impotencia al descubrir que, desde nuestra posición personal, es poco o nada lo que podemos hacer por remediar una situación que la pantalla nos presenta como catastrófica.

En el largo plazo vamos pasando de la depresión a la culpa, y más delante a la insensibilización. Alcanzado un tope emocional en nuestro interior, ya lo que pueda ocurrir allá afuera comienza a dejarnos indiferentes, o hasta nos genera un cinismo cada vez más profundo en cuyo núcleo de origen hay un gran dolor encarnado.

Nuestra mirada se halla eternamente ocupada, pero ociosa, como extraviada en un universo que cruza frente a los ojos a gran velocidad, sin permitirnos acaso asimilarlo. Un ámbito que genera en nosotros a ratos ansiedad, a ratos rabia y siempre impotencia. Algo frente a lo cual no atinamos a hacer mayor cosa que distraernos, deslizar el dedo sobre la pantalla para reinventarnos, antes de que la tecnología nos devore.

Es tiempo de retornar a lo esencial. De enfocarnos hacia esos elementos que generan paz espiritual. El contacto con la naturaleza proporciona una gran oportunidad de lograrlo, pero no siempre es posible en entornos urbanos. Aún nos faltan parques y jardines para cubrir las necesidades de toda la población. Una forma alternativa de conseguirlo es mediante la literatura, a través de la cual podemos entrar en contacto con las maravillas de la naturaleza de otro modo, ya sea asomando por el lente de una cámara, mediante la descripción minuciosa de un especialista, o la exaltación gloriosa de un poeta.

Procurar la manera de entrar en contacto con nuestra parte humana, esa que siente, que vibra y se conmueve con los sentimientos propios o al saberse en contacto con la sensibilidad de otros. Una parte de nosotros mismos que nos hace sentir que está bien albergar y expresar las emociones que nacen en nuestro interior y que dan a la vida cotidiana una profundidad y un sentido de trascendencia.

Sea la continua perseverancia de la bondad la que, como hace el agua sobre la roca, logre pulir los más ásperos sentimientos.

El libro como un vehículo que nos coloca en el borde del mundo, de ese mundo que imaginamos, con el que soñamos para nuestros hijos. Ese mundo cuyo material de construcción son las palabras: firmes cimientos y sólido hormigón que conforman la estructura que ha de albergar lo más precioso de la condición humana.

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