EN EL BORDE DEL MUNDO
Expresa
el maestro Enrique Vila-Matas una gran verdad cuando afirma que la literatura
permite rescatar del olvido todo eso sobre lo que la mirada contemporánea, cada
día más inmoral, pretende deslizarse con la más absoluta indiferencia.
Es
muy acertado al calificar a la mirada de inmoral e indiferente, que es lo que la
abundancia de contenidos digitales va provocando en nosotros, navegantes de la
red. Pasamos del asombro al enojo o la rabia, para más delante ir cayendo en la
indiferencia, pudiendo llegar hasta el cinismo.
¿Procurar
libros o contenidos digitales? Disertaciones de la imaginación de narradores
que nos llevan de su pluma a conocer otros mundos, o cátedras impartidas por
quien considera que pararse frente a la pantalla y hablar, le otorga sobrada autoridad
como experto en un tema dado… La pantalla nos ofrece inmediatez, al contrario del
libro, frente al cual tenemos que echar a andar un proceso de comprensión
lectora y de síntesis. Pero lo que tiene de inmediatez lo puede tener de
imprecisión y de temprano olvido. Tal vez en treinta minutos no podamos
recordar lo que leímos.
¿Libros
en físico o en pantalla? Como dice algún autor acertadamente, en el acto de
leer ocupamos todos nuestros sentidos, para sumergirnos en la historia, atender
a su narrador y emitir nuestros propios pensamientos que interactúan con la
página cuyas líneas recorremos.
Uno
de los mayores desafíos de nosotros, como seres humanos del tercer milenio, es
imponer la belleza por encima de la fealdad; la bondad por encima de la
malevolencia; la esperanza por encima del hondo desaliento.
Todo
alrededor nos convoca a encontrar un mundo lleno de violencia, en el que los
valores humanos fundamentales se fragmentan bajo el peso de la codicia y el
afán de poder. Ya ni siquiera la figura sagrada de un niño encuentra respeto.
Vivimos una guerra de conciencias donde, a ratos, los demonios parecen llevar
la de ganar.
Frente
a un escenario tal, se requiere un ejercicio de voluntad para saber hallar en
nuestro entorno elementos esperanzadores para seguir viviendo, para hacerlo con
entusiasmo, colocando delante de nosotros los más elevados ideales, hacia los
cuales emprender la carrera vital.
En
esta era de infodemia el paisaje emocional que nos dibujan las redes sociales
no es el mejor. Frente a una noticia terrible sentimos ansiedad, tristeza y
hasta rabia. En particular impotencia al descubrir que, desde nuestra posición
personal, es poco o nada lo que podemos hacer por remediar una situación que la
pantalla nos presenta como catastrófica.
En
el largo plazo vamos pasando de la depresión a la culpa, y más delante a la
insensibilización. Alcanzado un tope emocional en nuestro interior, ya lo que
pueda ocurrir allá afuera comienza a dejarnos indiferentes, o hasta nos genera
un cinismo cada vez más profundo en cuyo núcleo de origen hay un gran dolor
encarnado.
Nuestra
mirada se halla eternamente ocupada, pero ociosa, como extraviada en un
universo que cruza frente a los ojos a gran velocidad, sin permitirnos acaso
asimilarlo. Un ámbito que genera en nosotros a ratos ansiedad, a ratos rabia y
siempre impotencia. Algo frente a lo cual no atinamos a hacer mayor cosa que
distraernos, deslizar el dedo sobre la pantalla para reinventarnos, antes de
que la tecnología nos devore.
Es
tiempo de retornar a lo esencial. De enfocarnos hacia esos elementos que
generan paz espiritual. El contacto con la naturaleza proporciona una gran
oportunidad de lograrlo, pero no siempre es posible en entornos urbanos. Aún
nos faltan parques y jardines para cubrir las necesidades de toda la población.
Una forma alternativa de conseguirlo es mediante la literatura, a través de la
cual podemos entrar en contacto con las maravillas de la naturaleza de otro
modo, ya sea asomando por el lente de una cámara, mediante la descripción
minuciosa de un especialista, o la exaltación gloriosa de un poeta.
Procurar
la manera de entrar en contacto con nuestra parte humana, esa que siente, que
vibra y se conmueve con los sentimientos propios o al saberse en contacto con
la sensibilidad de otros. Una parte de nosotros mismos que nos hace sentir que
está bien albergar y expresar las emociones que nacen en nuestro interior y que
dan a la vida cotidiana una profundidad y un sentido de trascendencia.
Sea
la continua perseverancia de la bondad la que, como hace el agua sobre la roca,
logre pulir los más ásperos sentimientos.
El
libro como un vehículo que nos coloca en el borde del mundo, de ese mundo que
imaginamos, con el que soñamos para nuestros hijos. Ese mundo cuyo material de
construcción son las palabras: firmes cimientos y sólido hormigón que conforman
la estructura que ha de albergar lo más precioso de la condición humana.
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