El aire de mi Hecelchakán natal tiene una densidad particular durante el novenario al Señor de la Salud.
Huele a la humedad antigua de las piedras de San Francisco de Asís, a la cera derretida de las promesas y, sobre todo, a la pólvora que se impregna en la piel como un tatuaje invisible.
Para quien creció bajo la sombra de la ceiba y el eco de los portales, el estruendo de un barrepiés no es ruido; es la pulsación misma de la memoria.
Mirar hoy la quema del torito es contemplar una paradoja viva. Antropológicamente, encarna lo que Nancy Farriss denomina en La sociedad maya bajo el dominio colonial el sincretismo transcultural: el fuego, que para nuestros ancestros poseía una cualidad sagrada y purificadora, encontró en la pólvora europea un nuevo vehículo de manifestación. El toro, traído por los conquistadores como símbolo de fuerza, se transmutó gracias a los gremios en una ofrenda lumínica, una tradición que autores como Santiago Pacheco Cruz registraron como el corazón mismo de la identidad peninsular.
Sin embargo, el paso del tiempo y el ejercicio de la profesión me otorgan una lucidez implacable que fractura la nostalgia. Hoy, mi mirada ya no es la del espectador fascinado; es la del médico pediatra que conoce la fragilidad de la carne y la cinética del trauma. Detrás del fulgor de las chispas, mis ojos no pueden evitar anticipar el desgarro dérmico, el dolor agudo en una sala de urgencias y las secuelas irreversibles que un segundo de descuido deja para siempre en la vida de un niño.
La medicina me ha enseñado que la pólvora carece de piedad y que la algarabía colectiva suele cobrar una cuota demasiado alta de sufrimiento humano. ¡No!, no puedo estar a favor de una tradición que atenta contra la integridad de los más inocentes, y aun así, admito con honestidad que este fuego es parte de mi propia esencia.
Es en esa grieta profunda donde habito: la tensión ineludible entre el médico que jura proteger la vida y el hombre hecho de los recuerdos de su pueblo.
El humo de la plaza, que hoy me alerta, es el mismo que me devuelve al origen. Recuerdo perfectamente la primera vez que mantuve la mirada ante la bestia de carrizo y cartón. Yo era apenas un niño silenciado, no solo por el asombro, sino por el terror que me inspiraba el artefacto; acurrucado bajo la protección frágil de la palomilla, sentía los latidos acelerados de mi propio pecho retumbar en la plaza principal. En la inocencia de entonces, descubrí una verdad casi mística: el fuego destruía el armazón, pero al mismo tiempo construía la fiesta.
Desde un plano filosófico, como expone Byung-Chul Han en La desaparición de los rituales, estos actos crean una comunidad donde el tiempo no corre, sino que se habita. En Hecelchakán, cuando la humareda nubla la vista, las distancias cotidianas desaparecen y todos nos convertimos en un solo cuerpo. Pero el desafío del presente radica justamente en transmutar ese ritual; comprender que el niño que fui sigue allí, buscando el escudo indestructible de la comunidad entre el humo, y que amar la memoria de una tierra nos obliga también a proteger su futuro.
Debemos lograr que el espíritu de la tradición cure el alma colectiva sin la necesidad del sufrimiento de nuestros hijos; encontrar, al final, el mecanismo exacto para vencer al olvido y honrar a nuestros ancestros, sin que el precio de esa memoria sea el cuerpo lacerado de un niño.
® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.
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