Hay algo inquietante en nosotros: nos gusta pensar que somos libres hasta que descubrimos que todos los demás caminan en dirección contraria.
Crutchfield lo demostró hace décadas. Ni siquiera necesitamos tener a la multitud frente a nosotros para sentir su peso. Basta creer que todos piensan diferente para comenzar a desconfiar de nuestros propios ojos.
Hoy el experimento probablemente no necesitaría luces ni botones. Bastaría una pantalla.
Publicamos una opinión y aparecen cien comentarios diciendo lo contrario. Vemos miles de “me gusta” defendiendo una idea absurda y, casi sin darnos cuenta, empezamos a preguntarnos si los equivocados somos nosotros.
La multitud ahora cabe en un teléfono.
Y ocurre también fuera de las redes.
Y ocurre también fuera de las redes.
En una reunión alguien dice: “Siempre lo hemos hecho así”. Los demás asienten. Uno descubre una grieta, algo que no funciona, pero mira alrededor y encuentra silencio. Entonces calla.
Ese es quizá el conformismo más peligroso: el que no nos obliga a cambiar de opinión, sino que nos convence de guardar silencio.
Crutchfield nos dejó una pregunta que sigue caminando entre nosotros muchos años después:
¿Cuántas veces hemos tenido razón y aun así levantamos la mano con los demás?
¿Cuántas veces hemos tenido razón y aun así levantamos la mano con los demás?
Porque pensar diferente no significa necesariamente tener razón.
Pero conservar la capacidad de cuestionar, incluso cuando todos parecen estar de acuerdo, es una de las pocas maneras de evitar que algún día terminemos caminando juntos, perfectamente alineados… hacia el lugar equivocado...
Pero conservar la capacidad de cuestionar, incluso cuando todos parecen estar de acuerdo, es una de las pocas maneras de evitar que algún día terminemos caminando juntos, perfectamente alineados… hacia el lugar equivocado...
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