27/ago/2026
En la tierra sagrada de la Sabana del descanso, entre el terreno fértil y las tormentas, fui convirtiéndome en un antiguo habitante de este suelo, cronista silencioso del viento y paciente guardián de la luz.
A lo largo de tantas estaciones, he comprendido al fin que la madurez no es otra cosa que el valiente permiso de ser uno mismo. Es el instante sagrado en que la corteza se vuelve firme, curtida por la memoria de los inviernos, dejando al descubierto la madera auténtica: esa esencia única que he llevado latiendo en la penumbra de mis anillos desde el principio de los tiempos.
Mi existencia ha sido siempre una danza suspendida entre dos mundos: la oscura paciencia de la tierra que me abraza en la raíz y la infinita ambición del cielo que me llama desde las alturas; un eterno vaivén entre el crecimiento sordo y la hermosa e inevitable transformación.
Si miro hacia abajo a través de la red transparente de mi savia, reconozco las dos grandes estaciones de este viaje. ¡Qué cerca palpitan la distante adolescencia y esta sexalescencia que hoy habito!
No son más que dos capítulos de una misma historia grabada a fuego y tiempo en la fibra de mi tronco.
Aquel brote frágil y torpe, que se agitaba desconcertado ante cualquier brisa, dialoga hoy en perfecta calma con la copa ancha, frondosa y serena que ahora soy.
No importa cuánto se extiendan mis ramas ni cuán alto aspire buscando las estrellas; en lo más íntimo de mi corazón, en la médula intacta de mi madera, guardo el temblor de la semilla original.
Conservo el recuerdo de aquel primer brote de vida que un día emergió de la sombra y se atrevió a soñar con el sol.
Hoy, por fin, mis raíces se afianzan profundas y mis hojas cantan con el viento: disfruto de la libertad plena para vivir el sueño que una vez brotó de la oscuridad.
A lo largo de tantas estaciones, he comprendido al fin que la madurez no es otra cosa que el valiente permiso de ser uno mismo. Es el instante sagrado en que la corteza se vuelve firme, curtida por la memoria de los inviernos, dejando al descubierto la madera auténtica: esa esencia única que he llevado latiendo en la penumbra de mis anillos desde el principio de los tiempos.
Mi existencia ha sido siempre una danza suspendida entre dos mundos: la oscura paciencia de la tierra que me abraza en la raíz y la infinita ambición del cielo que me llama desde las alturas; un eterno vaivén entre el crecimiento sordo y la hermosa e inevitable transformación.
Si miro hacia abajo a través de la red transparente de mi savia, reconozco las dos grandes estaciones de este viaje. ¡Qué cerca palpitan la distante adolescencia y esta sexalescencia que hoy habito!
No son más que dos capítulos de una misma historia grabada a fuego y tiempo en la fibra de mi tronco.
Aquel brote frágil y torpe, que se agitaba desconcertado ante cualquier brisa, dialoga hoy en perfecta calma con la copa ancha, frondosa y serena que ahora soy.
No importa cuánto se extiendan mis ramas ni cuán alto aspire buscando las estrellas; en lo más íntimo de mi corazón, en la médula intacta de mi madera, guardo el temblor de la semilla original.
Conservo el recuerdo de aquel primer brote de vida que un día emergió de la sombra y se atrevió a soñar con el sol.
Hoy, por fin, mis raíces se afianzan profundas y mis hojas cantan con el viento: disfruto de la libertad plena para vivir el sueño que una vez brotó de la oscuridad.
® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.
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