Hay algo hermoso y cruel en mirar las estrellas:
Nunca las vemos exactamente como son.
Las vemos como fueron.
La luz viaja a casi 300 000 kilómetros por segundo y, aun así, el universo es tan inmenso que necesita años, siglos o millones de años para llegar hasta nosotros.
Cuando miramos Próxima Centauri, por ejemplo, contemplamos una luz que comenzó su viaje hace más de cuatro años.
Y cuando observamos regiones mucho más lejanas del universo, estamos mirando un pasado tan antiguo que algunas de aquellas estrellas probablemente ya no existen.
Se apagaron.
Pero su luz continúa viajando.
Quizás con las personas ocurre algo parecido.
Hay quienes pasan por nuestra vida y desaparecen físicamente. Un día dejan de sentarse a nuestra mesa, de responder nuestros mensajes, de caminar junto a nosotros.
Pero dejaron algo viajando.
Una enseñanza.
Una palabra dicha en el momento preciso.
Un hijo.
Un libro.
Una amistad.
Una manera de hacer las cosas.
Un recuerdo que alguien contará muchos años después.
Eso es el legado.
Tal vez morir no signifique apagarse completamente.
Porque así como existen estrellas cuya luz continúa atravesando el universo mucho después de haberse extinguido, existen personas cuya presencia sigue alcanzándonos después de su partida.
Y quizá esa sea una hermosa manera de medir una vida:
no por cuánto tiempo brilló, sino por cuánto tiempo continuó viajando su luz después de haberse ido...
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