domingo, 6 de septiembre de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 COMUNICACIÓN Y VIDA

En reciente tertulia literaria, a propósito de una obra teatral del noruego Jon Fosse, comentábamos acerca de los crecientes fenómenos de ansiedad, depresión y suicidio, particularmente entre adolescentes. No es infrecuente toparse con titulares de nota roja que hablan sobre casos de intento o consumación de suicidio. La Fiscalía del estado reporta para la zona norte de Coahuila, en lo que va del 2026, un total de 82 casos de intentos de suicidio que han ido a parar a los diversos hospitales de la región.

Todos sabemos que el problema es serio. Tal vez por nuestra desesperación caemos en pontificar acerca de sus orígenes y posibles soluciones, que van desde recomendaciones tan simples como “no te deprimas” o “sal más de casa para que te entretengas”, cuando el problema de fondo suele ser mucho más complejo.

Mi percepción personal es que, en estos casos, como en muchas otras alteraciones conductuales que afectan en particular a nuestros niños y adolescentes, existe un fondo emocional de falta de conocimiento y autoestima. El joven no halla mayor contentamiento debajo de su piel. Se ha venido acostumbrando a que las gratificaciones provengan del exterior para que sean significativas. Son chicos actualmente de 22 años o menos que nacieron, como decimos coloquialmente, con el chip integrado. No conciben la vida sin la tecnología digital a su lado. Son los bebés a los cuales, para evitar el llanto o para mantenerlos entretenidos, los mayores les colocaron entre las manos un teléfono celular, y de allí en adelante han crecido con ese recurso como parte integral de sus vidas.

Alguna vez lo mencioné en columnas anteriores y ahora lo repito: La tecnología que se encuentra detrás de las pantallas digitales está diseñada para atrapar usuarios, he ahí su poder. Como diría Zygmunt Bauman, para las redes sociales somos, tanto consumidores como mercancía. Esto es, los estímulos de un Tik Tok o de una publicación en Instagram están diseñados para captar la atención del usuario durante períodos en general no mayores de treinta segundos y así sucesivamente, lo que genera un efecto de atrapamiento continuado mediante recompensas. El humano de este lado de la pantalla se mantiene deslizando el dedo sobre esta para encontrar nuevos contenidos. Cada novedad genera en él disparos de dopamina que lo pueden volver adicto, igual como sucede con otro tipo de elementos capaces de generar adicción.

En ese mundo tan digitalizado el joven lleva a cabo gran parte de su socialización. Por ello no es extraño encontrarlo con la mirada permanente en su teléfono celular. El algoritmo le proporciona contenidos que lo mantienen conectado. Además, en redes sociales se genera un fenómeno de atrincheramiento, que hemos visto de manera tan clara en estos últimos años con relación a la política. Buscamos y mantenemos comunicación digital con aquellas personas o aquellos sitios que resuenen con nosotros, y al mismo tiempo rechazamos los que no se identifican con nuestra forma de pensar, para generar dicho atrincheramiento digital. Formamos partidos y desde ahí atacamos a los que calificamos como contrarios.

Todos estos fenómenos psicosociales que tienen que ver con el manejo de redes sociales propician, por una parte, un aislamiento del joven con relación a su entorno físico, y por la otra una resistencia o hasta un temor a interactuar por la vía presencial. Difícilmente logra mirar de frente y a los ojos a otra persona, manifestarse como él es, con sus claroscuros, y luego atreverse a aceptar a los demás de igual modo. Acostumbrado a un algoritmo que le presenta las cosas que le agradan y del modo como le agradan, se vuelve poco tolerante a vivir en forma plena la condición humana, tanto la propia como la ajena.

Comunicarnos en primera persona, desde lo que yo soy, con mis propias potencialidades y limitaciones, frente a alguien más que igualmente es como es, sin edición de Instagram, y ser ambos capaces de expresar nuestras cosas propias sin parapetarnos, es una forma de comenzar a valorar y amar la vida. Lejos de los recursos que nos vuelven así de perfectos como irreales en las redes sociales, ser ahora capaces de sostener de frente lo que decimos, dispuestos a mantener una conversación con quien piensa distinto a nosotros, enfocándola como un ejercicio de comunicación en el que nadie gana o pierde, sino que ambos se enriquecen.

La comunicación cara a cara nos permite abarcar de mejor manera la conversación, provista de tono y matices al hablar. Además de que la expresión corporal termina por redondear aquello que queremos expresar.

Vivimos tiempos de “fast track” que nos alejan de la profundización en nuestras percepciones. Tal vez sea tiempo de desacelerarnos y comenzar a enfocar el mundo de otra manera.

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