COMUNICACIÓN Y VIDA
En
reciente tertulia literaria, a propósito de una obra teatral del noruego Jon
Fosse, comentábamos acerca de los crecientes fenómenos de ansiedad, depresión y
suicidio, particularmente entre adolescentes. No es infrecuente toparse con
titulares de nota roja que hablan sobre casos de intento o consumación de
suicidio. La Fiscalía del estado reporta para la zona norte de Coahuila, en lo
que va del 2026, un total de 82 casos de intentos de suicidio que han ido a
parar a los diversos hospitales de la región.
Todos
sabemos que el problema es serio. Tal vez por nuestra desesperación caemos en
pontificar acerca de sus orígenes y posibles soluciones, que van desde
recomendaciones tan simples como “no te deprimas” o “sal más de casa para que
te entretengas”, cuando el problema de fondo suele ser mucho más complejo.
Mi
percepción personal es que, en estos casos, como en muchas otras alteraciones
conductuales que afectan en particular a nuestros niños y adolescentes, existe
un fondo emocional de falta de conocimiento y autoestima. El joven no halla
mayor contentamiento debajo de su piel. Se ha venido acostumbrando a que las
gratificaciones provengan del exterior para que sean significativas. Son chicos
actualmente de 22 años o menos que nacieron, como decimos coloquialmente, con
el chip integrado. No conciben la vida sin la tecnología digital a su lado. Son
los bebés a los cuales, para evitar el llanto o para mantenerlos entretenidos,
los mayores les colocaron entre las manos un teléfono celular, y de allí en
adelante han crecido con ese recurso como parte integral de sus vidas.
Alguna
vez lo mencioné en columnas anteriores y ahora lo repito: La tecnología que se
encuentra detrás de las pantallas digitales está diseñada para atrapar usuarios,
he ahí su poder. Como diría Zygmunt Bauman, para las redes sociales somos,
tanto consumidores como mercancía. Esto es, los estímulos de un Tik Tok o de
una publicación en Instagram están diseñados para captar la atención del
usuario durante períodos en general no mayores de treinta segundos y así
sucesivamente, lo que genera un efecto de atrapamiento continuado mediante
recompensas. El humano de este lado de la pantalla se mantiene deslizando el
dedo sobre esta para encontrar nuevos contenidos. Cada novedad genera en él
disparos de dopamina que lo pueden volver adicto, igual como sucede con otro
tipo de elementos capaces de generar adicción.
En
ese mundo tan digitalizado el joven lleva a cabo gran parte de su
socialización. Por ello no es extraño encontrarlo con la mirada permanente en
su teléfono celular. El algoritmo le proporciona contenidos que lo mantienen
conectado. Además, en redes sociales se genera un fenómeno de atrincheramiento,
que hemos visto de manera tan clara en estos últimos años con relación a la
política. Buscamos y mantenemos comunicación digital con aquellas personas o
aquellos sitios que resuenen con nosotros, y al mismo tiempo rechazamos los que
no se identifican con nuestra forma de pensar, para generar dicho
atrincheramiento digital. Formamos partidos y desde ahí atacamos a los que
calificamos como contrarios.
Todos
estos fenómenos psicosociales que tienen que ver con el manejo de redes
sociales propician, por una parte, un aislamiento del joven con relación a su
entorno físico, y por la otra una resistencia o hasta un temor a interactuar
por la vía presencial. Difícilmente logra mirar de frente y a los ojos a otra
persona, manifestarse como él es, con sus claroscuros, y luego atreverse a
aceptar a los demás de igual modo. Acostumbrado a un algoritmo que le presenta
las cosas que le agradan y del modo como le agradan, se vuelve poco tolerante a
vivir en forma plena la condición humana, tanto la propia como la ajena.
Comunicarnos
en primera persona, desde lo que yo soy, con mis propias potencialidades y
limitaciones, frente a alguien más que igualmente es como es, sin edición de
Instagram, y ser ambos capaces de expresar nuestras cosas propias sin
parapetarnos, es una forma de comenzar a valorar y amar la vida. Lejos de los
recursos que nos vuelven así de perfectos como irreales en las redes sociales, ser
ahora capaces de sostener de frente lo que decimos, dispuestos a mantener una
conversación con quien piensa distinto a nosotros, enfocándola como un
ejercicio de comunicación en el que nadie gana o pierde, sino que ambos se
enriquecen.
La
comunicación cara a cara nos permite abarcar de mejor manera la conversación,
provista de tono y matices al hablar. Además de que la expresión corporal
termina por redondear aquello que queremos expresar.
Vivimos
tiempos de “fast track” que nos alejan de la profundización en nuestras
percepciones. Tal vez sea tiempo de desacelerarnos y comenzar a enfocar el
mundo de otra manera.
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