Cadenas de libertad
3/sep/2026
Al leer las palabras de aquel texto reflexivo del Dr. Roberto Díaz y Díaz, que habla sobre las "Cadenas del alma" que nosotros mismos tejemos, del peso de la amargura de la servidumbre voluntaria, de los vicios y las vanidades que nos encierran, no pude evitar mirar mis propias manos y sentir un destello de extrañeza, pues hay cadenas que no oprimen la carne ni asfixian el espíritu; al contrario, son el ancla suave que sujeta al alma cuando todo lo demás parece desmoronarse.
Mis cadenas están hechas de otra materia. Las mías son de gratitud.
Me descubro a mí mismo preso, sí, pero de una deuda hermosa e impagable. Miro hacia atrás y veo los amaneceres regalados, la salud prestada, los afectos que me habitan, el milagro cotidiano de respirar en este mundo sin haber hecho mérito alguno para merecerlo.
¿Cómo no sentirse en deuda ante tanta generosidad ciega?
La vida me lo ha dado todo absolutamente gratis: el pan en la mesa, el refugio, la belleza efímera de una tarde cualquiera, la oportunidad de amar y ser visto. Y ahí es donde nace mi opresión más íntima: la impotencia de saber que no tengo cómo devolver tanto.
Esa sensación de deberle todo a la existencia no es un yugo que lacera, sino un llamado constante a la dignidad.
No me siento esclavo por obligación, sino deudor por amor.
"Vida, no me debes nada; yo te debo todo".
Repito esta frase y siento que cada latido de mi corazón es una cuota que intento abonar a destiempo.
¿Cómo pagar el simple hecho de estar siendo?
La única moneda de cambio posible es encadenarme voluntariamente a proyectos que dignifiquen ese regalo.
Decido entonces atarme con propósito. Me encadeno a la tarea de sembrar bondad donde hubo aridez, a trabajar con la convicción de que cada esfuerzo diario es una forma de decir "gracias", a cuidar de los míos y del prójimo no por mandato legal o moral, sino como un humilde tributo a lo recibido.
Cuando uno entiende que la existencia nos ha colmado sin exigir factura, las cadenas de la responsabilidad dejan de pesar y se convierten en raíces.
No temo a estas ataduras. Al contrario, las bendigo. Porque si la libertad absoluta fuera la indiferencia ante el milagro de existir, prefiero mil veces esta dulce esclavitud del agradecimiento.
Prefiero sentir que mi alma está comprometida, amarrada a la belleza del mundo y al deber sagrado de honrarlo.
Al final, caminar por la vida debiéndole todo es la única manera de sentirse plenamente vivo.
® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.
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