El respiro antes del monstruo
Hay un momento sagrado que me pertenece, un paréntesis que no está en ninguna agenda ni protocolo institucional. Es justo antes de salir de casa, cuando la ciudad todavía bosteza y la urgencia aún no me reclama. Salgo al jardín trasero —mi pequeña trinchera privada— con una taza humeante de café entre las manos.
Desde ahí, veo cómo la ciudad se va despertando a lo lejos, gris y temblorosa como si no quisiera admitir que ya es hora. Y más allá, imponente y callado, el volcán observa todo sin intervenir. El cielo empieza a incendiarse desde el horizonte y por un instante me permito creer que ese espectáculo es solo para mí. Como si el mundo supiera que lo voy a necesitar, como si la naturaleza me ofreciera un último sorbo de paz antes del combate.
En ese respiro no hay pacientes, ni reclamos, ni camillas cruzando en estampida. No hay oxígeno que se acaba, ni computadoras congeladas, ni jefes que llaman para “solo una cosita rápida”. Solo estoy yo, un hombre con café, frente al telón más hermoso que puede tener una vida con urgencias.
Y entonces, cuando el café llega al final y el sol ya se trepó al cielo como un reloj sin clemencia, sé que es hora. Apuro el último trago, me despido del silencio y me lanzo de nuevo al monstruo. Ese que me espera con bisturís, con listas eternas, con vidas colgando de minutos y decisiones.
Pero yo ya fui al jardín. Ya vi el volcán. Ya respiré...
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