domingo, 13 de septiembre de 2026

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

 Espacios muertos

8/sep/2026

Estoy sentado en una silla de plástico gris, en un aeropuerto que podría ser cualquier lugar y que, por lo mismo, no es ninguno.

No hay ventanas. Solo una luz blanca y tubular que ignora los atardeceres. Aquí el tiempo no transcurre: se acumula como una capa fina de polvo sobre las esquinas.

Miro a los transeúntes y compruebo que no veo personas, sino reflejos de mi propia ausencia. Somos partículas en la pantalla de un radar; puntos que se cruzan, parpadean y se disuelven sin dejar huella en el aire. Es una presión seca en el centro del pecho, distinta a la tristeza. Es la certeza exacta de estar desenchufado de mi propia vida.

Voy al sanitario, que es compartido y a nadie parece importarle. Nada conserva mi rastro. El espejo del baño está demasiado limpio; no guarda el vaho de mis mañanas anteriores ni reconoce la mirada con la que me busco. En casa, en cambio, las cosas me recuerdan quién soy: el lomo desgastado de los libros, la mancha circular en la mesa, el peso familiar del llavero en el bolsillo.

De nuevo en la sala de espera, me miro las manos mientras sostengo un café de franquicia en un vaso de cartón. Parecen las manos de un extraño. Por un segundo olvido hacia dónde me dirijo y lo peor —o lo más liberador— es que da igual. Detrás del mostrador, el barista sigue marcando vasos con un automatismo indiferente a las personas.

Quizá sea esto la libertad: la suspensión momentánea de toda historia. Nadie, en estos lugares, conoce los compromisos de mi nombre ni las expectativas que dejé al otro lado. Durante unas horas no le debo cuentas al pasado; soy tan solo la serie numérica de un billete de paso.

Pero la levedad tiene su cobro. Al dejar de pertenecer a un punto geográfico, uno empieza a desdibujarse por los bordes. Quien se demora demasiado en un espacio muerto termina por convertirse en uno: un pasillo de tránsito donde todo circula y nada echa raíces.

Miro el equipaje junto a mis pies: la última ancla. Dentro viaja mi ropa usada, mi desorden habitual, los restos de la persona que tendré que volver a ser en cuanto cruce la puerta de mi casa. Fuera de esa caja de tela, la megafonía convoca a un vuelo con una voz sintética que no espera respuesta.

Ajusto el agarre del asa metálica. Me levanto y me integro, en silencio, al flujo de gente que camina hacia la puerta de embarque.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario