domingo, 1 de noviembre de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

AGRADECIMIENTO OTOÑAL
Cada etapa de la vida tiene lo suyo. Los primeros años, como la primavera, se hallan rebosantes de vida nueva, de entusiasmo y alegría. Viene más delante el verano de la juventud, en que se afianzan proyectos, relaciones y posturas personales. Se piensa en formar una familia y se toman previsiones para la siguiente etapa, la de la madurez, cuando comienza a perderse la lozanía de los años previos.

Entonces llega el otoño, una etapa maravillosa en muchos aspectos. Hemos vivido lo suficiente para llevar un legajo de experiencias bajo el brazo. Ese mismo avance del tiempo nos va generando desgaste. 

Comienzan a aparecer ciertas fallas orgánicas que, afortunadamente, ahora sabemos sortear con una mejor actitud que en los tiempos previos. Se vuelve una constante tarea ir envejeciendo con gracia y dignidad.

Plena de experiencia y ligereza, quiero dar gracias por grandes motivos que me vienen acompañando en estos años. Hoy  desde esta etapa quiero dar gracias por los días nublados, que me recuerdan el valor inconmensurable del sol.

Gracias a las hojas del follaje, que tornan su verde por el ocre, para dejarse caer entre volteretas. Nos demuestran que en la caducidad reside el núcleo de la renovación.

A la vida gracias por la familia, con la que comparto y amplío mi raigambre ancestral. A través de cada uno de mis familiares se va tejiendo un sentido único de identidad y pertenencis, una comunidad que nada habrá de disolver.

A los amigos, esos maravillosos seres humanos que asumen lo mío propio como muy suyo  para despejar los abrojos del camino, mi total gratitud.

Es por todos ellos, familiares y amigos, que los proyectos que emergieron de mi mente y pasaron la aduana del corazón, van cristalizando poco a poco.

Gracias a mis maestros que asumen como suyo mi propósito creativo y me acompañan a cada paso, orientando y enriqueciendo esa expresión que nació aún torpe mas deseosa de salir al mundo y conquistarlo.

A quienes, generosos me acogen con empatía, toda mi gratitud. Es hermosa la magia de dos corazones que conectan a través del puente de las miradas, dejando detrás suyo al mundo y sus afanes.

Gracias, vida, por las dificultades que me ayudan a mantenerme creativa  dinámica y con un puñado de propósitos por realizar.

Gracias por la lluvia que lava impurezas y nos prepara en el camino para seguir adelante...

...Por la música, cuyos acordes acomodan mis emociones, las acompañan y las hacen sentir como parte de un orden superior con  el cual finalmente se alínean.

Gracias por el trino de las aves. Ellas, ignorando si su vida es breve o prolongada, no se cansan de gorjear con singular entusiasmo, entonando un continuo himno a la vida, por el simple hecho de existir.

Gracias por mi pasado que me trajo a donde hoy me encuentro. Por mis errores que me recuerdan que estoy hecha de arcilla. Me enseñan a desarrollar la empatía, recordando que nadie es perfecto, y que es justo a través de nuestras equivocaciones como más nos hermanamos con otros.

Gracias porque he aprendido a ejercitar el don de la gratitud. De este modo encuentro mayor bondad y belleza en el camino, y con ello mi ducha se duplica.

CARTÓN de LUY


 

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

Intuición 
       27/oct/2026
   A veces, el conocimiento no entra por los ojos ni se procesa en el lóbulo frontal. A veces golpea primero en el pecho, o se enrosca silencioso en las entrañas.
   Siempre me han fascinado las leyes que gobiernan el universo, por la precisión del cálculo, la rigurosidad del método científico y la claridad que ofrece la evidencia.
   He pasado la vida buscando certezas, descifrando signos, analizando variables y confiando en la sólida arquitectura de la razón.
   Pero con los años, y sobre todo con las cicatrices del tiempo, he aprendido a rendirme ante otra forma de verdad, más veloz, sutil y misteriosa: la intuición.
   Sé muy bien lo que es. No hay magia en ella, aunque lo parezca; hay biología pura. Mi cerebro es un archivero incansable que, durante décadas, ha guardado millones de datos, susurros, miradas, patrones, aciertos y pérdidas en el sótano del subconsciente.
   La intuición es ese sótano hablando en clave. Un procesamiento cognitivo ultrarrápido, un atajo heurístico donde el cerebro, al enfrentarse a una encrucijada, escanea ese océano de experiencia en milisegundos y arroja un veredicto antes de que la lógica pueda articular una sola palabra.
   Es la experiencia comprimida en el instante de un parpadeo. Por eso la siento en el cuerpo. Existe un hilo invisible, el nervio vago, que une mis pensamientos con ese segundo cerebro que habita en el sistema digestivo.
   Cuando algo anda mal, o cuando la belleza de una respuesta correcta está a punto de manifestarse, el estómago se contrae o el corazón altera su ritmo. Es la biología avisándome que ya sé la respuesta, aunque mi razón consciente aún no la haya decodificado.
   Más allá de la neurología, la intuición es, para mí, un acto de fe literario y humano. Es el ojo clínico que detiene la mirada en lo que otros pasan por alto; la brújula que, en plena niebla del dolor o de la duda, señala el norte.
   La he visto actuar al escribir, cuando la pluma encuentra el adjetivo exacto sin que medie el diccionario; la he reconocido al mirar a los ojos de quienes amo, descifrando lo que callan; y la he sentido en mi profesión, advirtiendo que detrás de la aparente calma se esconde una tormenta.
   La razón es un mapa indispensable, estructurado y firme. Pero la intuición es la luz del faro. La forma invisible del alma, una nostalgia del futuro que nos susurra que, en alguna parte de nuestro ser, somos mucho más sabios de lo que nos atrevemos a admitir.
   Hoy entiendo que la madurez no consiste en desterrar la ciencia para creer en el presentimiento, sino en lograr que ambos dancen en armonía, agradeciendo ese chispazo sagrado que nos rescata cuando la lógica se queda sin respuestas.


© 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa

 ¿Qué sería yo...?

Carlos Sosa.-
La vida no siempre nos ha regalado caminos fáciles. Hemos tenido que subir cuestas empinadas, atravesar tormentas y enfrentar días en los que hasta la esperanza parecía cansarse.
Pero hay algo hermoso en nuestra historia: nunca nos soltamos.
Y cuando uno flaquea, ahí está el otro, no necesariamente para cargar con todo, sino para recordarle que aún hay motivos para seguir, que después de la tormenta siempre habrá un cielo azul y que ninguna noche es eterna cuando tenemos con quién esperar el amanecer.
Porque caminar juntos no significa que la vida sea más fácil, sino que, aun en medio de las dificultades, la vida sigue siendo hermosa, la esperanza encuentra refugio y el corazón encuentra paz.
Y si algo agradezco a Dios, al universo y a esta maravillosa coincidencia de existir, es haberte encontrado entre millones de caminos posibles.
Porque contigo he aprendido que el amor no es vivir sin tormentas, sino encontrar paz incluso cuando el mundo parece derrumbarse.
Y hoy, al mirar todo lo vivido, solo puedo preguntarme con el alma llena de gratitud:
¿Qué sería yo sin ti...?
Quizá seguiría siendo yo, pero me faltarían tantas sonrisas, tantos amaneceres y esa hermosa certeza de saber que, pase lo que pase, tenemos un lugar seguro en el corazón del otro.
Gracias por ser mi paz, mi esperanza y mi más hermosa manera de entender la vida...