LÉXICO Y AUTOESTIMA
Durante
los dos últimos sexenios se ha querido implantar un sistema educativo enfocado en
lo mínimo necesario, dejando fuera buena parte de los contenidos que
anteriormente había en la educación básica, media y media superior.
Colateralmente se ha abandonado en las aulas la lectura de comprensión. Muestra
de ello la vimos reflejada en los resultados de la prueba PISA 2025 en fechas
pasadas. Ahora que nos echamos un clavado tratando de entender las
consecuencias de esos cambios educativos, vamos descubriendo que han
repercutido en una baja en el desarrollo de la autoestima.
El concepto inicial de “inteligencia emocional” fue dado a conocer al público general por el norteamericano Daniel Goldman en su obra homónima de 1995. Aunque Wayne Payne, investigador social, ya hablaba de ella desde diez años antes. En su libro Goldman comienza a descubrir que, al margen de las habilidades que hasta ese momento eran medidas por el Coeficiente Intelectual (IQ) existen capacidades que tienen que ver con otros elementos frente a los cuales el ser humano se mide, y que la inteligencia no es única sino múltiple, y que el conocimiento del tipo de inteligencia que predomina en un escolar va a contribuir a enfocar el tipo de enseñanza que se le proporciona. Se considera que tal inteligencia emocional se compone de cuatro elementos: El autoconocimiento, la autorregulación; la conciencia social (o empatía), y las habilidades sociales.
¿Y
qué tiene que ver todo esto con el léxico de una persona? Aquí viene la razón
por la cual la simplificación de los contenidos educativos en el área de la
lectura de comprensión no ha contribuido al desarrollo integral del escolar. Las
emociones se sienten, pero falta asimilarlas. Hay un malestar evidente, pero distinguir
qué lo provoca es fundamental para tratar de resolver esa incomodidad. No es lo
mismo que el niño reconozca que está triste o enojado; avergonzado o decaído; inquieto
o humillado, o que lo bulean. Cada una de esas emociones tiene su significado y
debe contar con su propio espacio en la conciencia del niño. De igual manera
sucede con las emociones positivas, en la medida en que las distinga una de
otra y pueda expresar cómo se siente en un momento dado, la experiencia agradable
será mayor.
El
vocabulario inicia a comprenderse por la vía oral. En casa el niño percibe cómo
se encuentran los adultos en un momento dado. Las emociones de sus mayores
resonarán en él, aunque tal vez no logre definir cómo. Más difícil todavía en
casos en donde los adultos de una familia no consiguen verbalizar cómo se
sienten. Llega el niño a las aulas en donde los maestros podrán ayudarle a
definir sus estados anímicos. Definitivamente, en cualquiera de los casos, la
adquisición de un vocabulario que le permita interpretar y expresar lo que trae
dentro, ayudará a procesarlo.
La
lectura contribuye en gran medida a facilitar en el niño la adquisición de vocablos
con los cuales definir sus propias emociones. Si lee que un personaje de una
historia se siente enojado y lee la descripción de ese estado, va a conseguir
identificar en su propia persona el enojo mediante la detección de sensaciones
similares a las leídas. Conseguir verbalizar cómo nos sentimos contribuye a
liberar una carga energética importante que ayuda a evitar frustración y su
consecuente violencia. Y así con cada una de las emociones que el escolar detecta
en su persona, cuando tiene elementos con qué compararlas, podrá procesarlas de
un mejor modo.
De
muchas maneras se ha pretendido presentar el hábito de la lectura como algo privativo
de la clase privilegiada. Posiblemente así sucedía en tiempos de la colonia,
cuando los únicos que sabían leer y disfrutaban de la lectura eran los
descendientes de familias pudientes. Pero a partir de mediados del siglo
veinte, con el advenimiento de la SEP, se procuró que la lectura se expandiera
sin limitaciones, y cualquier niño podía acceder a las bibliotecas públicas
para leer, ya fuera tratados académicos o lecturas por placer. El hacerse de un
cuerpo de conocimientos robusto en lo absoluto significa hoy en día algo aristocrático.
Por el contrario, el desarrollo de un sólido aprendizaje favorece la justicia
social.
Toda
narrativa nos presenta tramas en las que los protagonistas comparten emociones
y actitudes con nosotros, lectores. Una
historia bien escrita posee, además, una trama subterránea a través de la cual
el escritor comunica su postura respecto a realidades psicológicas, sociales o
políticas de su interés. Para transmitir esos elementos existe la palabra
escrita que llega a través de nuestros ojos, plantea dudas y remueve
conciencias.
Desarrollar
la inteligencia emocional a través de la lectura es una excelente forma de trabajar
por la salud mental.
