Qué inmensa suerte la de vivir en un mundo donde, a pesar de todo, todavía existen la esperanza y las promesas.
Un mundo donde aún hay corazones que creen en la bondad, en esa bondad silenciosa que no necesita aplausos ni reconocimientos, que no hace ruido, pero que tiene la fuerza suficiente para vencer la mezquindad, la indiferencia y el egoísmo.
Porque, aunque a veces parezca que la oscuridad gana terreno, siempre habrá alguien dispuesto a encender una luz, a tender una mano, a regalar una sonrisa o a recordarnos que todavía queda mucho de bueno en la humanidad.
Y es justamente ahí donde descubro la suerte de vivir.
En saber que estás aquí, que estoy aquí, que coincidimos en este pequeño instante de la eternidad al que llamamos presente.
Porque el ayer ya se fue y el mañana es apenas una promesa. Lo único verdaderamente nuestro es este momento, este latido, esta oportunidad de amar, de perdonar, de comenzar de nuevo y de dejar algo bueno en la vida de alguien más.
No necesitamos cambiar el mundo entero. A veces basta con hacer un poco más hermoso el pequeño mundo de quienes nos rodean.
Así que hagamos que valga la pena. Que nuestra presencia deje más esperanza que tristeza, más abrazos que heridas y más motivos para creer que para rendirse.
Porque al final, quizá la mayor fortuna no sea cuánto tiempo nos conceda la vida, sino cuánto amor, cuánta bondad y cuánta humanidad seamos capaces de sembrar mientras estamos en ella.
Y si hoy estamos aquí, todavía tenemos una oportunidad maravillosa de hacer que todo valga la pena.
Eso, para mí, es simplemente...
La inmensa suerte de vivir...
La inmensa suerte de vivir...
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