domingo, 25 de octubre de 2026

CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya

El Mago

13/oct/2026

En la penumbra de mi memoria, donde los recuerdos de Hecelchakán se mezclan con el vapor de los panuchos al atardecer, surge una silueta que desafió las leyes de la lógica infantil.

No era un barbero común; su nombre: don Manuel Caamal, pero para nosotros era simplemente "El Mago".

Escuchar el golpeteo de la puerta a su llegada a la casa era el preludio de un drama en tres actos. No venía por la paga —aunque siempre se le retribuía—, sino por una suerte de apostolado estético y social que solo él comprendía.

Recuerdo la primera vez que me sentaron en aquella silla improvisada en el patio. El brillo de las tijeras bajo el sol me parecía el destello de un arma bélica, y el llanto, ese nudo en la garganta que se desataba sin permiso, era mi única defensa.

Pero entonces, el tiempo se detenía. El Mago no se impacientaba; al contrario, parecía alimentarse de nuestro caos para transformarlo en juego. Sus manos, curtidas pero ágiles, hacían que una moneda de plata brotara de mi propia oreja, justo donde segundos antes sentía el frío del acero.

Si por descuido de la infancia encontraba algún visitante indeseado en mi cabellera, no había juicio ni asco. Con un movimiento de prestidigitador, atrapaba al "enemigo" y, ante mis ojos desorbitados, fingía engullirlo. El pavor se tornaba en una risa nerviosa, pues si él podía comerse a los bichos, yo podía sobrevivir a un trasquilón.

Mientras el peine marcaba el camino del corte, su voz me transportaba a otros mundos.

El Mago no solo recortaba pelo; hilaba leyendas. Devoto de la tauromaquia, en el espacio reducido de nuestro patio abría una plaza de toros invisible donde volaban toreros sobre el albero. Sus historias eran un tejido donde la realidad se deshilachaba. Nunca sabía dónde terminaba lo real y dónde empezaba su imaginación, pero en Hecelchakán esa distinción carecía de importancia; escucharlo era asistir a una corrida de palabras donde él siempre salía por la puerta grande.

Al final, el espejo no solo devolvía un corte impecable, sino a un ser humano curado del miedo. 

Comprendo hoy que la magia no era el truco de la moneda tras la oreja, sino su capacidad infinita para convertir un trámite aterrador en un refugio, demostrándome que un buen relato puede ser tan afilado y preciso como la mejor de las tijeras.

Se marchaba con su maletín, dejando tras de sí un rastro de cabellos en el suelo y una estela de asombro en mis recuerdos.

® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

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