EL LENGUAJE ES LA MEDIDA
“Vusco
tela para ventana casa de ifonabit”. Frente a estas palabras que aparecieron en
redes sociales hice un alto de franca autocrítica, como puesta ante el espejo
para revisarme a mí misma. Comprendí en ese momento cuánto me importan las
palabras en el diario quehacer; tanto que hasta me caigo mal por intolerante.
Sé que las generaciones jóvenes me tacharían de exagerada y quisquillosa, pero
no lo puedo evitar. Hay motivos profundos que me llevan a esta forma de interpretar
tan duramente los errores en la palabra escrita.
Irene
Vallejo, filóloga española muy conocida por su libro “El infinito en un junco”,
atribuye a la palabra escrita la capacidad de actuar como antídoto del relato.
Esto es, cuando no leemos nos hemos de conformar con lo que otros dicen ⸺el
relato⸺, sin poder contrastar, modificar o ampliar lo dicho. En cambio, a
través de la palabra que llega a nosotros en sus muy diversas presentaciones,
somos capaces de formarnos un criterio propio de acuerdo a lo que asimilemos de
las fuentes a las que accedamos.
Algo
similar sucede cuando escribimos. En la medida en que nuestro vocabulario sea
más amplio, conseguiremos expresarnos con mayor precisión; así será como podamos
relatar el modo como nos sentimos o la forma en que pensamos. La variedad de
términos que utilicemos para describir un estado de ánimo, una sensación o una
idea va en relación directa con nuestra capacidad para comunicarnos, y, es más,
hasta facilita en gran medida entendernos a nosotros mismos. No es igual decir
que me siento mal porque se me quemó el arroz, me siento mal porque no me
alcanza la quincena, o me siento mal porque me hicieron un desaire, a poder
expresar cada una de dichas emociones en forma puntual, para aprender a
conocernos mejor, a la vez que desarrollar estrategias para enfrentar esos
contratiempos cuando vuelvan a presentarse.
Otro
concepto que maneja Irene Vallejo, y que va en relación con lo que acabo de
mencionar, es considerar la palabra como vehículo de sanación social. Un buen
ejemplo de ello es la reunión con otros, como es el caso de Alcohólicos
Anónimos, una confesión religiosa o una sesión de psicoterapia. En la medida en
que el que habla consigue verbalizar sus cuestiones internas, será la forma en
que vaya sanando. No basta con sentir,
habrá que poner en palabras eso que está sintiendo, establecer un puente verbal
con quien o quienes le escuchan, para iniciar el proceso de sanación. Algo cada
vez más urgente en un contexto social saturado de violencia de todo tipo, que
nos va cargando de energía negativa, como si fuéramos baterías. No basta con
imaginar, no basta con sentir, habrá que expresar de la mejor manera para
comenzar a sanar.
Leer
y escribir nos permite prolongar la propia existencia a través del tiempo. Para
ejemplos tenemos las historias familiares que se transmiten a través de la
tradición oral, y en el mejor de los casos mediante textos literarios que
preservan en gran medida el sentir del autor original. Es maravilloso descubrir
familias en las que alguno de sus miembros se ha dado a la tarea de ir
recopilando los relatos de padres y abuelos para transmitirlos a las nuevas
generaciones. En mi caso personal siento muchísimo no haberlo hecho con
infinidad de historias familiares narradas por mis padres ya fallecidos, que
hablaban de abuelos y bisabuelos en tierras norteñas, anécdotas de poblaciones en
donde vivieron, y la participación que mis dos abuelos (paterno y materno)
tuvieron en torno a la Revolución Mexicana. Es muy valioso encontrar familias
en las que estas narraciones orales han aterrizado en textos literarios que se
conservan para siempre.
La
palabra es una herramienta que nos permite pensar mejor, entendernos a nosotros
mismos y también al mundo. Es un vehículo que facilita el disfrute más amplio
de la vida, así como un extraordinario medio para desarrollar nuestra
creatividad. Cuando logro nombrar los elementos que conforman mi universo,
consigo una capacidad más vasta para gozar la vida en sus distintos momentos
afortunados, así como para exorcizar los malos ratos de una forma óptima.
Michel
de Montaigne, el padre del ensayo personal, ha dicho que la palabra es mitad de
quien la pronuncia, mitad de quien la escucha. Una gran verdad que nos obliga a
ser claros, directos e informados cuando pretendemos comunicar a otros nuestros
asuntos personales. La sintaxis y la ortografía contribuyen a este pulimiento
de la palabra, de inicio para darle un valor estético, aunque su objetivo final
sea la precisión. Escribir apegados a las reglas facilita la comunicación
humana.
Espero
que quien escribió la oración con la que arranqué este artículo encuentre lo
que busca. Nosotros, entretanto, procuremos ser comprensibles al escribir lo
propio.
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