domingo, 2 de agosto de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 EL LENGUAJE ES LA MEDIDA

“Vusco tela para ventana casa de ifonabit”. Frente a estas palabras que aparecieron en redes sociales hice un alto de franca autocrítica, como puesta ante el espejo para revisarme a mí misma. Comprendí en ese momento cuánto me importan las palabras en el diario quehacer; tanto que hasta me caigo mal por intolerante. Sé que las generaciones jóvenes me tacharían de exagerada y quisquillosa, pero no lo puedo evitar. Hay motivos profundos que me llevan a esta forma de interpretar tan duramente los errores en la palabra escrita.

Irene Vallejo, filóloga española muy conocida por su libro “El infinito en un junco”, atribuye a la palabra escrita la capacidad de actuar como antídoto del relato. Esto es, cuando no leemos nos hemos de conformar con lo que otros dicen ⸺el relato⸺, sin poder contrastar, modificar o ampliar lo dicho. En cambio, a través de la palabra que llega a nosotros en sus muy diversas presentaciones, somos capaces de formarnos un criterio propio de acuerdo a lo que asimilemos de las fuentes a las que accedamos.

Algo similar sucede cuando escribimos. En la medida en que nuestro vocabulario sea más amplio, conseguiremos expresarnos con mayor precisión; así será como podamos relatar el modo como nos sentimos o la forma en que pensamos. La variedad de términos que utilicemos para describir un estado de ánimo, una sensación o una idea va en relación directa con nuestra capacidad para comunicarnos, y, es más, hasta facilita en gran medida entendernos a nosotros mismos. No es igual decir que me siento mal porque se me quemó el arroz, me siento mal porque no me alcanza la quincena, o me siento mal porque me hicieron un desaire, a poder expresar cada una de dichas emociones en forma puntual, para aprender a conocernos mejor, a la vez que desarrollar estrategias para enfrentar esos contratiempos cuando vuelvan a presentarse.

Otro concepto que maneja Irene Vallejo, y que va en relación con lo que acabo de mencionar, es considerar la palabra como vehículo de sanación social. Un buen ejemplo de ello es la reunión con otros, como es el caso de Alcohólicos Anónimos, una confesión religiosa o una sesión de psicoterapia. En la medida en que el que habla consigue verbalizar sus cuestiones internas, será la forma en que vaya sanando.  No basta con sentir, habrá que poner en palabras eso que está sintiendo, establecer un puente verbal con quien o quienes le escuchan, para iniciar el proceso de sanación. Algo cada vez más urgente en un contexto social saturado de violencia de todo tipo, que nos va cargando de energía negativa, como si fuéramos baterías. No basta con imaginar, no basta con sentir, habrá que expresar de la mejor manera para comenzar a sanar.

Leer y escribir nos permite prolongar la propia existencia a través del tiempo. Para ejemplos tenemos las historias familiares que se transmiten a través de la tradición oral, y en el mejor de los casos mediante textos literarios que preservan en gran medida el sentir del autor original. Es maravilloso descubrir familias en las que alguno de sus miembros se ha dado a la tarea de ir recopilando los relatos de padres y abuelos para transmitirlos a las nuevas generaciones. En mi caso personal siento muchísimo no haberlo hecho con infinidad de historias familiares narradas por mis padres ya fallecidos, que hablaban de abuelos y bisabuelos en tierras norteñas, anécdotas de poblaciones en donde vivieron, y la participación que mis dos abuelos (paterno y materno) tuvieron en torno a la Revolución Mexicana. Es muy valioso encontrar familias en las que estas narraciones orales han aterrizado en textos literarios que se conservan para siempre.

La palabra es una herramienta que nos permite pensar mejor, entendernos a nosotros mismos y también al mundo. Es un vehículo que facilita el disfrute más amplio de la vida, así como un extraordinario medio para desarrollar nuestra creatividad. Cuando logro nombrar los elementos que conforman mi universo, consigo una capacidad más vasta para gozar la vida en sus distintos momentos afortunados, así como para exorcizar los malos ratos de una forma óptima.

Michel de Montaigne, el padre del ensayo personal, ha dicho que la palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha. Una gran verdad que nos obliga a ser claros, directos e informados cuando pretendemos comunicar a otros nuestros asuntos personales. La sintaxis y la ortografía contribuyen a este pulimiento de la palabra, de inicio para darle un valor estético, aunque su objetivo final sea la precisión. Escribir apegados a las reglas facilita la comunicación humana.

Espero que quien escribió la oración con la que arranqué este artículo encuentre lo que busca. Nosotros, entretanto, procuremos ser comprensibles al escribir lo propio.

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