31/jul/2026
La música calla casi de golpe. Los gritos pregoneros de marchantes, los sones de charanga y los vítores colectivos que apenas unas horas antes retumbaban entre los muros coloniales y la plaza Noh Beh, se desvanecen en una atmósfera densa, sumergida en un silencio de madrugada.
Se siente en el pecho: el sopor de la noche posterior al frenesí, el reflujo lento y perezoso de la adrenalina.
Mi pueblo, que durante días fue un volcán encendido donde desbordamos gratitudes y fe profunda, donde sacrificamos la culpa para limpiar la conciencia y donde el anonimato de la multitud nos permitió desahogar frustraciones y desinhibir los pesares de la rutina, empieza a exhalar. Todo clímax tiene su ocaso; todo desborde reclama, tarde o temprano, su contención.
Mi pueblo, que durante días fue un volcán encendido donde desbordamos gratitudes y fe profunda, donde sacrificamos la culpa para limpiar la conciencia y donde el anonimato de la multitud nos permitió desahogar frustraciones y desinhibir los pesares de la rutina, empieza a exhalar. Todo clímax tiene su ocaso; todo desborde reclama, tarde o temprano, su contención.
Camino despacio por las calles vacías. La luz del alba apenas insinúa los contornos de lo que fue el teatro de nuestras pasiones. Pisoteados en el suelo descansan los vestigios del júbilo: pedazos de confeti desteñido por la humedad, el cartón carbonizado de los toritos que hicieron correr al miedo y a la risa por igual, restos de envases, cenizas húmedas del carbón donde se cocinaron la comida e historias compartidas, y ese prolongado olor a pólvora, sudor y alcohol que el viento fresco del amanecer va disipando lentamente.
Es la geometría exacta del festejo: los desechos que quedan tras la catarsis.
Ahí, sobre las piedras y la tierra, yacen las huellas tangibles de nuestra búsqueda desesperada de felicidad. La dopamina se evapora, la euforia pasa dejando su deuda al cuerpo y al espíritu, y la vida real —aquella que dejamos en pausa durante la fiesta— regresa a cobrar lo suyo.
Porque la alegría, el exceso y el olvido momentáneo tienen una factura, al igual que los errores y las culpas de nuestra conciencia. Alguien tiene que barrer el polvo, alguien tiene que pagar la cuenta, alguien tiene que restaurar el orden en la plaza y en el alma.
Ahí, sobre las piedras y la tierra, yacen las huellas tangibles de nuestra búsqueda desesperada de felicidad. La dopamina se evapora, la euforia pasa dejando su deuda al cuerpo y al espíritu, y la vida real —aquella que dejamos en pausa durante la fiesta— regresa a cobrar lo suyo.
Porque la alegría, el exceso y el olvido momentáneo tienen una factura, al igual que los errores y las culpas de nuestra conciencia. Alguien tiene que barrer el polvo, alguien tiene que pagar la cuenta, alguien tiene que restaurar el orden en la plaza y en el alma.
Sin embargo, en este barrer de las cenizas no hay tragedia; hay una extraña y hermosa dignidad.
Observar la limpieza de la casa tras la borrasca es, en sí mismo, un acto de redención. Nos demuestra que el ser humano no soporta la tormenta eterna, que el corazón necesita del pulso y del descanso, de la cumbre y del valle. La borrachera colectiva de emociones se limpia con el agua fresca del nuevo día, con la escoba que arrastra el pasado inmediato y prepara el terreno para la rutina que nos sostiene.
Observar la limpieza de la casa tras la borrasca es, en sí mismo, un acto de redención. Nos demuestra que el ser humano no soporta la tormenta eterna, que el corazón necesita del pulso y del descanso, de la cumbre y del valle. La borrachera colectiva de emociones se limpia con el agua fresca del nuevo día, con la escoba que arrastra el pasado inmediato y prepara el terreno para la rutina que nos sostiene.
La borrasca de júbilo pasa, la paz retorna. Y en ese silencio donde aún flota el eco de las risas y las oraciones, me doy cuenta de que la calma no es la ausencia de la fiesta, sino su verdadero destino.
La tormenta de adrenalina sirve para recordarnos que estamos vivos; la calma que le sigue, para recordar quiénes somos.
La tormenta de adrenalina sirve para recordarnos que estamos vivos; la calma que le sigue, para recordar quiénes somos.
® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.
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