HONESTIDAD VALIENTE
Leía
en días pasados una nota acerca de la dimisión de una funcionaria noruega. Se
trata de la presidenta del Parlamento de aquel país Eva Kristin Hansen. Ella
ocupaba un inmueble de 50 metros cuadrados perteneciente al Estado, pero lo
hacía en forma irregular. La ley señala que puede ocuparlo quien, sustentando
ese cargo, viva a más de 40 kilómetros de las instalaciones del Parlamento. Su
residencia original se encontraba a 29 kilómetros de distancia de su lugar de
trabajo, de manera que era ilegal que ocupara ese departamento habitacional.
Por tal razón ella presentó su dimisión, expresando además que reembolsará al
Estado de su propio bolsillo el mal provocado al erario público. Esto a pesar
de que la Economía noruega se maneja con un superávit millonario en dólares.
A
la gran mayoría de nosotros nos sonará una conducta muy exagerada, demasiado
moralista por parte de la funcionaria. Vivimos en un país donde, por desgracia,
la normalización de pequeños actos irregulares nos ha llevado a buena parte de
los problemas que hoy enfrentamos. No me atrevería a decir que algún ciudadano
busque un puesto público por ir a sacar ventaja de este, no, para nada. Pero sí
es una realidad inobjetable que quien ya se encuentra en una posición de poder,
halle fácil hacerse para su propio beneficio de bienes materiales o de
relaciones que le brinden provecho personal.
A
lo largo de la historia de México ha habido diversos ejemplos de ventajismo
político que llevan a la obtención de privilegios personales o familiares poco
éticos. Muchas veces bajo la consigna de “todos lo hacen”, a través de la cual pretendemos
justificar o al menos aminorar la carga de ilegalidad. Se llega al extremo de
tachar al funcionario honesto de tonto, por no aprovechar la situación
ventajosa de su puesto.
Desde
la filosofía griega antigua, pudiéramos decir, se habla sobre moral en el
desempeño de la función pública. A través de la historia han surgido diversos
pensadores que, mediante su obra literaria han destacado la importancia de la
honestidad y de los mecanismos que garanticen la transparencia institucional. Hannah
Arendt ha sido muy enfática en ello, al afirmar que la responsabilidad
individual es un factor clave en el buen desarrollo de instituciones públicas.
Nuestro
propio Diario Oficial de la Federación, en su publicación del 18 de noviembre
del 2025 habla sobre la necesidad de que el Gobierno de México adopte y
ratifique la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción y la Convención
Interamericana contra la Corrupción, comprometiéndose a promover la integridad,
la honestidad y la responsabilidad entre servidores públicos, y a aplicar lo
necesario para garantizarlas.
Admiro
profundamente a los países que tienen sistemas de gobierno tan sólidos que
cualquier desviación de la ley salta de inmediato. Diseños de normas y
procedimientos con principios tales, que llevan al funcionario en irregularidad
a asumir correcciones severas a su conducta fuera de la ley. En ese sentido
nosotros, los mexicanos, tenemos mucho que aprender: Desterrar aquellos
pensamientos cómodos de “qué tanto es tantito”, para sujetarnos a las
regulaciones que garantizan el bien común, más allá de ventajas individuales de
esas dadas por la posición social que se alcanza.
Un
primer elemento que yo señalaría como contrario a la ética, es aceptar un
puesto para el cual no se tiene el perfil requerido. Eso es deshonestidad a
todas luces. En la función pública no caben improvisaciones ni buenas
intenciones.
Más
allá de lo anterior, algo que no ayuda en la conformación de una moral pública
es el percatarnos a través de medios de comunicación formales y no formales, de
la manera como quienes ocupan posiciones de poder sacan ventaja de ello, en
ocasiones de modos por demás descarados. Como dice el refrán popular, “se
sirven con la cuchara grande”, sin tomar en cuenta que esos dineros públicos no
son anónimos, sino que pertenecen a todos los mexicanos.
Detrás
de estos actos de abuso en el ejercicio de la función pública existe un
sustrato antropológico importante: esa insaciabilidad en la obtención de
recursos indica la existencia de carencias interiores del individuo quien no
logra como satisfacer, así que por más que sustraiga, seguirá sintiendo ese
vacío dentro de sí.
Nuestro
México necesita funcionarios con una honestidad valiente probada. Que la
palabra “virtuosismo”, lejos de tacharse como ridícula, se convierta en un
modelo a seguir por quienes llevan las riendas de nuestro país. Que entendamos
que la deshonestidad es la deshonestidad, así, sin eufemismos ni caretas. Y que
robar no es una conducta de la que podamos ufanarnos frente a los hijos. Y así,
con el trabajo de todos, hacer de nuestro México el mejor país para vivir.
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