6/oct/2026
Han transcurrido dos años desde aquel día en que regresé a buscarte.
En aquel verano me encontré ante un gigante cansado, con tus ramas desnudas y la escasez de tu follaje me hablaban del peso del tiempo, del olvido y de esa soledad que a todos nos alcanza. Temí que aquella penumbra fuera definitiva y que nuestro abrazo en silencio fuera la última despedida.
No sabía entonces —o tal vez no quería admitirlo— que vi en ti el espejo de mi propia sombra; que me tocaba aprender a habitar la soledad y a sostenerme en pie por mi propia cuenta.
Hoy he vuelto a caminar hacia ti. Al alzar la mirada, el corazón me ha dado un vuelco de asombro y gratitud.
Qué conmovedor milagro contemplarte hoy. Ya no estás encorvado ni frágil; te encuentro erguido, denso, rejuvenecido y envuelto en una copa brillante que desafía al cielo. Tus ramas se extienden con fuerza, regalando de nuevo esa sombra generosa que cobijó nuestra infancia.
Me detengo en silencio y compruebo que tu estampa es mi propio reflejo. Me pregunto si aquel abrazo sincero —ese refugio donde dos viejos amigos se reconocieron tras la ausencia— tuvo el poder de encender nuestra memoria. Quiero pensar que sí. Que a las almas longevas como la tuya y la mía no les falta fuerza para seguir, sino la certeza de saberse amadas.
Contemplo tus raíces firmes y tu tronco majestuoso. Al verte hoy me devuelves la esperanza y me recuerdas que la presencia de un amigo es capaz de revivir al moribundo. En el murmullo de tus hojas ya no se escucha el peso del pasado, sino una vida nueva.
Amigo mío, hoy no vengo a compadecerme de tus años, sino a celebrar nuestro renacer.
Gracias por esperarme; gracias por enseñarme que la vida siempre encuentra el modo de brotar de nuevo y que un afecto a tiempo puede restaurar hasta la raíz más cansada.
® 2026. Dr. Luis Mariano Toraya Lara. Todos los derechos reservados.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario