Una idea peligrosa no necesita gritar
Una idea peligrosa no necesita gritar. A veces basta con que se repita lo suficiente, con que se disfrace de costumbre, de sentido común o de una verdad que nadie se atreve ya a cuestionar. Lo verdaderamente inquietante no es que una idea oscura aparezca, sino que poco a poco deje de parecernos oscura. Primero la escuchamos con rechazo, después con indiferencia, más tarde la justificamos y, sin darnos cuenta, terminamos dándole un lugar dentro de nosotros. Así comienzan muchas renuncias profundas: no con una gran traición a nuestros principios, sino con pequeñas concesiones, silencios cómodos y frases que tranquilizan la conciencia: “no es tan grave”, “todos lo hacen”, “siempre ha sido así”. El peligro está en esa lenta pérdida de sensibilidad, en acostumbrarnos a aquello que alguna vez nos habría dolido, indignado o avergonzado.
Por eso quizá una de las formas más importantes de cuidar el alma sea conservar la capacidad de incomodarnos. Seguir preguntándonos si aquello que pensamos, aceptamos o defendemos sigue siendo justo, humano y digno. Nadie está completamente libre de la oscuridad; todos llevamos dentro la posibilidad de amar y de herir, de construir y de destruir. La diferencia está en qué voz decidimos alimentar. Porque al final no somos solamente lo que hacemos en los grandes momentos, sino también aquello que toleramos en silencio cuando nadie nos observa. Y tal vez ahí se encuentre la verdadera batalla moral de una vida: en no permitir que lo incorrecto se vuelva familiar, que la crueldad se vuelva costumbre o que la conciencia se acostumbre a callar. Una idea peligrosa no necesita gritar; solo necesita que, un día, dejemos de escuchar lo que dentro de nosotros todavía sabe que algo está mal.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario