Hoy mi corazón no encuentra palabras suficientes para agradecerle a Dios, al universo y a la vida por tanta bendición, por tanta dicha y por esa inmensa felicidad que me desborda el alma.
Porque he comprendido que las bendiciones más grandes no son materiales, no se compran, no se exhiben ni necesitan ser presumidas ante los ojos del mundo. Son esas que se sienten en lo más profundo del corazón, que nos humedecen los ojos de alegría y nos hacen sonreír en silencio, mientras el alma se arrodilla agradecida.
Hay momentos en los que la vida parece abrazarnos y susurrarnos que todo ha valido la pena: los esfuerzos, las esperas, los sacrificios y hasta las lágrimas del camino.
Y hoy es uno de esos momentos...
De esos en los que no quisiera pedirle nada más a la vida, sino detener el tiempo un instante para contemplar tanta felicidad.
Gracias, Dios mío, porque hay alegrías que no caben en el pecho, bendiciones que no se pueden explicar y sueños que, al hacerse realidad, nos recuerdan lo inmensamente afortunados que somos de estar vivos.
Hoy no presumo lo que tengo... agradezco, con toda mi alma, lo que la vida me ha permitido sentir.
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