Una red social cuyo propósito es contribuir a enaltecer la calidad humana, la sensibilidad ciudadana y la autoestima. Un pequeño espacio que aliente, reconozca y difunda los valores de los diversos ciudadanos del mundo. Que nos impulse a cuidar del planeta, y a edificar la sociedad justa y buena a la que todos tenemos derecho.
domingo, 12 de julio de 2026
REFLEXIÓN de JCDovala
Hay caídas que duelen porque llegan sin aviso, rompen nuestros planes y nos obligan a detenernos, y, sin embargo, con el paso del tiempo comprendemos que no todas las pérdidas son derrotas, ni todos los tropiezos son un fracaso, porque a veces, caer es la única manera de abandonar un camino que no era el nuestro y descubrir aquel para el que realmente estábamos destinados. Por eso, incluso en medio de la incertidumbre, vale la pena agradecer cada experiencia, porque todas dejan una enseñanza, fortalecen el carácter y nos acercan, paso a paso, a la persona que estamos llamados a ser.
La gratitud transforma la manera en que miramos nuestra historia. Nos permite honrar tanto los días de alegría como los de dificultad, reconociendo que ambos forman parte del mismo propósito. Con respeto por el tiempo, por la vida y por quienes han caminado a nuestro lado, aprendamos a recibir cada caída como una oportunidad para levantarnos con más sabiduría, más humildad y un corazón más fuerte, porque, muchas veces, el rumbo que tanto buscamos comienza justamente en el lugar donde pensamos que todo había terminado.
domingo, 5 de julio de 2026
CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza
REFLEXIONES DESDE LA GUAIRA
Las
grandes catástrofes unen al mundo. A lo largo de la historia de la humanidad lo
hemos visto en repetidas ocasiones: epidemias, sismos, tsunamis, incendios
masivos. Según sea la naturaleza del fenómeno y la distancia geográfica que nos
separa del mismo, los seres humanos nos hemos solidarizado. Ya sea en espíritu,
mediante la oración, ya a través de ayuda en especie o económica, pero hemos
estado ahí, para hacernos presentes al lado de los hermanos en desgracia.
Esta
vez no ha sido distinto: Un sismo de 7.5 grados sacudió Venezuela ocasionando
pérdidas humanas y materiales de consideración. Un país que, de hecho, ya venía
padeciendo limitaciones en diversos rubros a causa del régimen dictatorial al
que estuvo sometido, primero con Hugo Chávez y luego con Nicolás Maduro, ahora
sufre este revés. A través de las redes sociales atestiguamos muy de cerca las
historias de dolor y de esperanza que conmueven al más bragado. Y hay que
decirlo, una vez más, los Topos de México se han hecho presentes, como lo han
estado en muchas otras partes del mundo, cuando se ha requerido.
Muy
doloroso descubrir que el equipo de rescate mexicano tuvo que conseguir cómo
transportarse a aquel país por sus propios medios. El gobierno no estuvo ahí
para facilitar la manera de llevarlos a Venezuela a salvar vidas. Pero la
Brigada Rescate Topos Tlatelolco, que ha enfrentado tantas cosas desde su
creación en 1985, no se detuvo para conseguir un vuelo. Una aerolínea
particular decidió patrocinar su movilización. La urgencia era extrema y el
tiempo corría veloz.
Como
ha sucedido en torno a diversas catástrofes naturales, en Venezuela han
comenzado a tejerse historias que perdurarán para siempre. Ya se habla de
rescates milagrosos, de binomios caninos que trabajan hasta el agotamiento por
salvar una vida. Se relata el caso en La Guaira de una niña de once años que
guio a los rescatistas hasta donde estaba su hermanito Moisés de nueve, luego
de lo cual ella falleció. Hay tomas en video de extracciones que parecieran
imposibles, como la de un niño pequeño que pudo ser arrancado con vida y salud
de las fauces de la tierra, o la del hombre que, a punto de ser rescatado y al
presentarse una réplica del sismo, le sugiere a su rescatista que se retire y
se salve. El rescatista le propone, por su parte, quedarse a su lado para rezar
juntos mientras pasa la sacudida.
Venezuela
necesita el apoyo de todos nosotros. Estados Unidos suspendió sanciones a ese
país para facilitar el rescate, y de muy diversos puntos del orbe comienza a
fluir el apoyo que se requiere. México no ha sido la excepción. Terrible tener
que reconocerlo, no han faltado los vivales que se hacen pasar por elementos de
rescate para solicitar donaciones. Definitivamente es mejor canalizar nuestros
apoyos directamente por conductos que los llevarán a quienes los necesitan. El
grupo auténtico Rescate Topos Tlatelolco, que se halla perfectamente
institucionalizado y goza de transparencia internacional, está muy activo en
redes sociales: Tiene su página oficial topos.mx, y se encuentra además en
Facebook, Instagram y X (antes Twitter). En cualquiera de estos sitios, identificables
por su color naranja y su logo, pueden hallar información sobre centros de
acopio de ayuda material, a dónde llevar donativos en especie y de qué tipo,
que ellos canalizan mediante cadenas humanas hasta Venezuela. Para ello cuentan
ya con el apoyo de diversas aerolíneas nacionales e internacionales que se
encargan de transportar víveres, herramientas y otros enseres. Tienen una
cuenta bancaria de Santander, a través de la cual, quienes estamos lejos de los
centros de acopio, podemos entregar un apoyo económico que llegará sin
contratiempo a cubrir esas urgentes necesidades.
La
naturaleza, una vez más, pone a prueba de qué estamos hechos los humanos. Nos
da la oportunidad de desarrollar esa porción medular de nosotros mismos que nos
mueve a existir de la mejor manera y que se llama “amor”. El amor entendido en
su forma más amplia, como empatía y generosidad hacia causas que se encuentran más
allá de la propia persona. Un dar porque reconozco la problemática que otros
enfrentan, y deseo contribuir a resolverla. Y no el dar por tomarme la foto y coleccionar
muchos “me gusta” en redes sociales. Nuestra sociedad tiende a priorizar esos
aspectos tan efímeros como irrelevantes, pero que a ratos tanto nos atan. En
pocas palabras, nos privan de la libertad de crecer y llegar a ser lo mejor que
podríamos haber sido.
Una
oración por los hermanos venezolanos. El apoyo que cada uno de nosotros pueda
brindarles. Y nuestro total reconocimiento a los Topos. Sabemos que, cada uno
de ellos, hasta la vida está dispuesto a dar, en esa tarea movida por el amor
más grande.
CRÓNICAS DE UN DON NADIE por Luis Toraya
El mundo, en 1968, vibraba con un pulso paradójico que no acababa de comprender.
Mientras México se preparaba para albergar el fuego olímpico, en los confines de mi pequeño universo el incendio era otro: el de las primeras letras.
Mis padres, guiados por esa fe ciega que solo nace de la reverencia, encomendaron mi educación al otro extremo del pueblo. Mi inicio escolar tenía nombre propio y rigor de piedra: la maestra Sérvula.
Todo ocurría allí, en la escuela "Estado de Yucatán", en el corazón de Xcaltzó.
Un muro de mampostería y una reja de hierro custodiaban el saber en solo dos aulas. Al fondo, un patio de tierra aguardaba nuestra algarabía, el lugar donde la infancia se perseguía a sí misma detrás de un balón de fútbol.
Aquel trayecto diario entre mi hogar y la escuela no era una simple transición geográfica; era el puente hacia la construcción del hombre que yo, en mi ignorancia, todavía no sospechaba ser.
Yo, sin embargo, habitaba el salón como un invitado a un banquete de fiesta. Para mí, el aprendizaje no era más que una parte del juego, un matiz lúdico que a menudo agotaba la paciencia de la maestra.
Aún me veo librando una batalla perdida contra la caligrafía, con la mano rebelde ante la dictadura de las líneas. Recuerdo la salmodia de "ese oso se asea así", grabándose en mi mente como un tatuaje, mientras mis dedos forcejeaban con unas tijeras curvas —de esas de uñas que eran de mi madre— para recortar figuras geométricas del papel.
A veces caminábamos bajo el ala protectora de la sombrilla de la maestra; otras, el azar nos regalaba el encuentro con un mito viviente: don Maquito.
Subir a su carreta era disfrutar de un viaje olvidándonos del tiempo ordinario. Don Maquito, con su sabiduría de siglos y su desprecio por la prisa, nos permitía mirar el mundo desde el vaivén rítmico de la madera crujiente. Su "caballo de plata", marcaba el paso con el golpeteo de sus cascos sobre el pavimento, mientras el paisaje se desleía en el alma, recordándonos que la existencia no consiste en el arribo, sino en la plenitud de estar presentes en el viaje.
Cuando la suerte nos negaba la carreta, la marcha se volvía una caminata entre dos.
La parada en la terminal era casi obligatoria: aquellas enchiladas compartidas aún conservan, en mi memoria, un sabor a gloria absoluta. Entre bocado y bocado, Rafael alimentaba mi espíritu con las epopeyas de la Araña Negra, de Borja o del "Pata Bendita". Escuchándolo, yo también me sentía capaz de alcanzar esa gloria que solo habita en los relatos épicos.
CARTAS A MÍ MISMO por Carlos Sosa
El poder del “no” es un don que cuesta caro aprender, pero que cuando al fin se domina, libera. No hemos venido a este mundo a ser los bufones de la aprobación ajena, ni a hipotecar nuestra tranquilidad para complacer a todos. Quien vive de rodillas frente al aplauso de los demás termina perdiendo su propia voz, y lo peor: ni siquiera logra contentar a nadie del todo.
Decir “no” es recordarse a uno mismo que la vida no es infinita, que ya gastamos demasiadas estaciones intentando ser lo que otros esperaban. Y cuando uno ya tiene más pasado que futuro, el tiempo se convierte en un recurso sagrado, no negociable. Entonces el “no” deja de ser rebeldía y se vuelve un acto de amor propio, una frontera invisible que protege lo que queda de nuestros días.
El “sí” complaciente es una cárcel de barrotes blandos; el “no”, en cambio, abre ventanas. Y aunque duela ver cómo algunos se alejan cuando uno deja de decir que sí a todo, lo cierto es que ese vacío suele llenarse de aire fresco, de silencio necesario, de vida propia.
Al final, aprender a decir “no” es la única manera de decirle un sí a lo que de verdad importa.
Porque el “no” no es rechazo al mundo: es la manera más honesta de decirle que todavía seguimos vivos, que no nos rendimos, y que aún queremos elegir a qué amanecer asomarnos...
CONFETI DE LETRAS por Eréndira Ramírez
Vivir es cuestión de fe y mantenerla, alimentarla, compartirla, propagarla, ser agente de transmisión de fe y poder creer en que pase lo que pase las cosas pueden mejorar, que no todo está tan perdido como para no poderlo recuperar.
Fe en que todavía vienen sucesos maravillosos que nos hagan valorar nuestra estancia en este mundo. Vivir sin fe es morir poco a poco sin apenas darse cuenta de que solo se es un cuerpo inanimado que cumple con funciones básicas para sobrevivir, sin un porqué, sin saber por dónde y por quién seguir existiendo.
Mi fe en Dios, en la humanidad, en mi misma esa herramienta indispensable e irreemplazable para que la vida tenga sentido, para seguir en la lucha diaria esperando más de la vida que tan solo duros golpes.
