domingo, 20 de septiembre de 2026

CONTRALUZ por María del Carmen Maqueo Garza

 AMOR A LO PROPIO

Nadie es patria. Todos lo somos. J.L. Borges

Los ciudadanos percibimos la problemática social. Tal vez la comentemos en un café con los amigos, donde proponemos eventuales soluciones que, por lo general, quedan en eso, en propuestas de café. Algunos cuantos obsesivos, como es mi caso, traemos la problemática dando vueltas en la cabeza, en lenta cocción, y llegado el momento tratamos de desmenuzarla, ya no frente a los contertulios del café sino frente al blanco espacio de la hoja o la pantalla. Volcamos nuestras observaciones y primas inquietudes en un afán de entender.

A últimas fechas surge en distintos puntos la idea de que se vuelve necesaria la participación de alumnos y padres de familia en el mantenimiento y restauración de escuelas. Tenemos frente a nosotros ejemplos como son el sistema escolar japonés, el guatemalteco y de algunos países europeos. México está incluido mediante el programa “La escuela es nuestra”. Aun así, en nuestro país se percibe un malestar generalizado por tener que participar en asuntos que, suele considerarse, corresponden al Estado. Y a este punto quería yo llegar.

Contrario a la actitud ciudadana en Japón o en China, en donde los bienes públicos se respetan y hasta se honran, aquí solemos actuar con indiferencia y en muchas ocasiones con actitudes violentas que los dañan, para perjuicio de la población en conjunto. Vemos las famosas marchas a favor o en contra de alguna causa, muchas de las cuales se acompañan de pintas y daños a infraestructura urbana, tanto de gobierno como de la iniciativa privada. Para ejemplos hay muchos y muy bochornosos, en los que se llega hasta ataques salvajes en contra de propiedad pública y privada.

Detrás de todo ello se percibe una desvinculación de quien ataca frente a lo atacado. No considera que esos bienes públicos sean emanados de la sociedad de la que forma parte, ni se percata de que están allí para ayudar a resolver sus necesidades ciudadanas. Actúa como quien estuviera frente a una mole abstracta y anónima que, por un arranque ideológico del momento, se convierte en su enemiga. No siente que las instituciones emanen de sí mismo, sino que se distancia de ellas, para establecer una brecha emocional y cognitiva. Por cierto, a menor nivel académico, más tendencia a percibir de este modo las instituciones.

Tales pensamientos me remiten a Octavio Paz con su ensayo antropológico “El laberinto de la soledad” que habla de la presencia de dos Méxicos y el concepto de otredad.

A partir de esta disociación entre el ciudadano y la sociedad de la que forma parte, se explican muchos fenómenos expresados de diversas maneras: Tirar basura en la calle o en los afluentes naturales, que se obstruyen, y luego exigir soluciones cuando, en temporada de lluvias, esos canales se desbordan. Sacar a pasear perros sin correa y sin recoger las heces de la vía pública. No respetar un semáforo en rojo, rebasar por la derecha… Todas estas actitudes reflejan la nula empatía con las causas ciudadanas, con los derechos de los demás. Se actúa desde la comodidad personal sin tomar en cuenta que el orden público se da con fines de equidad en el quehacer, y que mis necesidades tienen que someterse a normas y reglamentos para el beneficio de todos.

Para el ciudadano las instituciones oficiales se perciben como lejanas. No se reconoce el beneficio directo de las mismas en la vida ordinaria. Muchos de nosotros no nos sentimos identificados con ellas, lo que genera poco o nulo respeto y escaso reconocimiento. Vemos las normas como arbitrarias, de manera que no dudamos en desacatarlas, máxime cuando, dentro de esas mismas instituciones, percibimos tantos casos de irrespeto hacia lo que la ley mandata.

Nos está faltando entusiasmo ciudadano para participar en cuestiones que lleven a mejorar el estado de cosas de la nación. Desde detalles tan simples como no tirar basura en la vía pública o respetar las normas de tráfico, hasta desempeñar un trabajo honesto y puntual, para satisfacción propia y ejemplo de nuestros hijos. Ya basta de escatimarle esfuerzos a lo que constituye el beneficio colectivo y que, si todos participáramos activamente en este, el cambio como nación sería sustancial.

Ahora que se van a revisar programas de educación con miras a subsanar las fallas detectadas por el examen PISA, sería muy conveniente incluir lo relativo a Civismo que tanta falta hace en las aulas. Aunque, ciertamente, la formación cívica comienza en el hogar, más que con discursos, con el contundente ejemplo de los padres.

El amor, en este caso a la patria, se observa con escepticismo y hasta se ridiculiza, en tanto la violencia se impone frente al más simple conflicto ciudadano. Pregunto entonces, ¿no será tiempo de empezar a enfocar las cosas de otro modo?

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