domingo, 4 de octubre de 2026

SUSURROS DEL ALMA por JCDovala

 ¿BUENOS O EXITOSOS?

¿Estamos formando a nuestros hijos para ser buenas personas, o, principalmente, para ser personas exitosas? La pregunta resulta incómoda porque, en principio, nadie tendría por qué elegir entre una cosa y la otra. Queremos hijos capaces, independientes, con oportunidades y herramientas para construir una vida próSpera; pero también queremos que sean honestos, sensibles, generosos y conscientes de los demás.

El problema aparece cuando ambos caminos parecen separarse. Cuando obtener la mejor calificación importa más que la manera en que se obtuvo; cuando ganar se vuelve más importante que actuar con justicia; cuando enseñamos a competir antes que a compartir, o cuando medimos el valor de una persona por sus logros, su profesión, sus ingresos o el reconocimiento que recibe.

Sin advertirlo, podemos transmitirles una idea peligrosa: Que ser bueno es deseable siempre y cuando no interfiera con llegar prumero.

Educar verdaderamente comienza, quizá, en esos momentos de conflicto.

Es relativamente sencillo hablarles a nuestros hijos de honestidad cuando decir la verdad no cuesta nada, de generosidad cuando nos sobra, de respeto cuando estamos de acuerdo con los demás o de principios cuando estos no ponen en riesgo ninguna ventaja.

La verdadera formación ocurre cuando hacer lo correcto implica perder algo: Una oportunidad, un privilegio, una calificación, una posición o incluso el reconocimiento de otros.

Es entonces cuando nuestros hijos descubren qué valores eran realmente importantes para nosotros.

Y lo descubren menos por nuestros discursos que por nuestras decisiones cotidianas: Por cómo tratamos a quien nos sirve, cómo hablamos de quien piensa distinto, qué hacemos cuando nadie nos observa, cómo reaccionamos ante nuestros propios errores y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conseguir aquello que deseamos. Los hijos aprenden muy pronto que existen valores que se pronuncian y valores que se viven; estos últimos son los que terminan heredando.

Tal vez nuestra responsabilidad como padres y como sociedad no sea escoger entre formar personas buenas o personas exitosas, sino revisar profundamente nuestra definición del éxito.

Una vida exitosa no tendría que ser únicamente aquella que acumula títulos, bienes, ascensos o reconocimientos, sino aquella capaz de avanzar sin destruir a otros en el camino; la de quien puede competir sin perder la empatía, prosperar sin olvidar la gratitud y defender sus intereses sin renunciar a su conciencia.

Necesitamos preparar a nuestros hijos para un mundo exigente, sí: Enseñarles disciplina, ambición, fortaleza y capacidad para levantarse después del fracaso.

Pero también debemos recordarles que ninguna conquista exterior compensa una pobreza interior.

Quizá el mayor éxito de nuestra tarea educativa no llegue el día en que nuestros hijos sean admirados por todo lo que consiguieron, sino cuando, teniendo la posibilidad de elegir entre lo conveniente y lo correcto, posean la libertad, el carácter y la humanidad suficientes para elegir lo correcto.

Y cuando nuestros hijos sean adultos y ya no estemos a su lado para decirles qué camino tomar, ¿qué queremos que guíe sus decisiones: La necesidad de triunfar ante los demás o la conciencia de poder mirarse a sí mismos con dignidad?


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